- ¿Qué te descargas?
- El psicoperfil de mi novia.
- ¿Y eso?
- Imagínate que le pasa algo, yo que sé, un Alzheimer o alguna cosa de esas. Quiero una copia de como es ella ahora, por si se puede utilizar para restaurarla. Ya sabes que dicen que se pueden hacer cerebros nuevos vírgenes con células madre.
- Sí, pero nadie ha dicho que los psicoperfiles se puedan cargar.
- ¿Y si en el futuro se pudiera? No me perdonaría perderla pudiendo recuperarla, mientras que al contrario es sólo espacio en disco ocupado.
- Bueno, pero siempre lo tendrás en la red. ¿Por qué bajártelo?
- Por si acaso. Es lo mismo. A fin de cuentas, desde que tenemos la red, tampoco ha sido nunca buena idea tener las cosas allí. Sabemos que la red es eterna, pero los sitios de la red donde puedes almacenar cosas no lo son. Ella subió su psicoperfil hace unos días, así que quiero asegurarme.
- ¿Y el tuyo?
- Si me pasa algo a mí, no me valdrá de nada tener una copia. Tiene que ser otro el que la tenga, para poder restaurarme a mí. ¿Guardarías tu copia de seguridad en tu propio disco? No sirve de nada.
- Ya...
- Pues eso. Aquí la tengo, más a salvo que en la red.
- Yo creía que los psicoperfiles se usaban para estudiar a la gente, no como copia de seguridad.
- Desde el inicio de la tecnología, cosas como la rueda, el fuego o la electricidad se han usado con fines distintos de aquellos para los que fueron inventados. ¿Por qué no se va a poder usar una herramienta de estudio sociopsicológico como copia de seguridad de una personalidad? ¿Por qué restringirnos?
- ¿Ella qué piensa? Es un asunto ético también. Es su psicoperfil, es personal.
- Hoy consideramos como asunto personal la religión o la orientación sexual, antes eran asuntos públicos. La concepción de lo que es personal cambia.
- Pero la descarga la haces tú, hoy, de ella, hoy.
- Sí, por si el día de mañana le pasa algo.
- ¿Crees que a ella le agradaría volver, en un cuerpo probablemente unos cuantos lustros más viejos, con su personalidad de hoy?
- Mejor que no estar, o que estar desapareciendo poco a poco en la bruma del Alzheimer.
- ¿No es mejor que lo decida ella?
- Ella lo decidirá, si llega el momento.
Mostrando entradas con la etiqueta Ciencia Ficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ciencia Ficción. Mostrar todas las entradas
jueves, 5 de abril de 2012
domingo, 10 de octubre de 2010
Espaciopuerto
Las naves de la coalición iban llegando al espaciopuerto, poco a poco, en pequeños grupos que no llamaran la atención de los medidores de campo electromagnético de la Federación.
En aquel momento entraba un crucero raksha, o eso debía ser, por su tamaño, aunque claro, nunca se sabía. Ya era bastante difícil comunicarse con ellos como para pretender conocer su tecnología. Las cosas básicas eran las mismas, evidentemente: la física no cambia porque no seas humano. Pero entrar a una de sus salas de máquinas era como poner al contramaestre del San Juan Nemopuceno en una nave moderna. O algo así, porque el Jefe de Mecánicos Nakashita González nunca había entrado en una nave raksha, ni sabía de nadie que lo hubiera hecho, pero una vez tuvo que reparar un simple regulador de gases y tardó varias horas simplemente en entender qué es lo que tenía delante.
Los estrategas y los Jefes de Ala comentaban lo difícil que había sido ponerse de acuerdo con ellos para la batalla de la cola del cometa Kater. Y no por falta de buena voluntad, sino simplemente porque no hablaban como nosotros, ni veían en nuestro mismo rango del espectro. Lo más que habíamos conseguido averiguar era que su lenguaje se basaba simultáneamente en pequeños chasquidos eléctricos y cambios de calor corporal, y eso gracias a que tras una batalla en tierra se pudo diseccionar a uno de ellos, y se descubrió que tenía un sistema detector de electricidad como el de los tiburones. Aquella gente no recogía a sus muertos del campo de batalla: se limitaban a cortar una parte del cuerpo de sus caídos que parecían ser las gónadas y recoger las pilas de energía de las armas, dejando el resto pudrirse.
Pero las necesidades de la guerra eran lo primero, y se consiguió comunicarse con ellos a nivel estratégico: se pudo adaptar un holoproyector para que dibujara las estrellas en el aire, en tres dimensiones, no sólo como puntos de luz blanca sino también infrarrojos. Entendieron rápidamente lo que los estrategas les querían enseñar: aquello era un plano del sistema y sus vecinos. Los rakshas que habían desembarcado hicieron ademán de girar el apéndice principal, lo que llamaríamos cabeza, para ver el mapa desde una perspectiva más familiar, y los ingenieros hicieron girar todo el mapa en el aire, en sentido contrario. No se tardó mucho más en entender la orientación de su sistema de coordenadas.
Los ingenieros hicieron entonces aparecer el cometa Kater en el mapa, moviéndose a una velocidad sensible, como una marca más fría pero aún brillante en el infrarrojo, y marcando también su estela. Quizá así podríamos comunicarnos con ellos en lo que respectaba a los tiempos.
Uno de ellos tocó con un dedo, que sería el nombre más adecuado, tres estrellas del mapa. Nadie entendía, hasta que el cabo Philippe le dijo al ingeniero que dibujara en el holoproyector el triángulo creado por aquellas tres estrellas. Al hacerlo se vio que el cometa atravesaba aquel triángulo, y se dio marcha atrás en el tiempo del holoproyector hasta que el cometa estuvo en aquél mismo plano.
- ¿Cuándo será eso?
- Dentro de dos días y seis horas estándar
- Bien, dibuje nuestros escuadrones y los de la Federación en una maniobra de campaña clásica en la cola del cometa. Bien. Ahora dibuje los escuadrones rakshas sueltos por ahí.
Uno de los estrategas rakshas pareció entender el dibujo, e hizo ademán de mover con su dedo sus escuadrones como quien mueve una ficha de parchís. El ingeniero hizo que el puntito azul siguiera el dedo del raksha hasta que lo dejó quieto.
- ¡Es una maniobra de flanqueo! Ponga el resto de sus escuadrones para completar la maniobra, y saque un grupo de cazas nuestros para cubrir el punto ciego.
El ingeniero cumplió lo que se le pedía. Los rakshas sugirieron algunas posiciones adicionales, y dos días después las fuerzas de la Federación fueron sorprendidas por dos grupos de combate humanos y un enjambre de naves rakshas. Cada grupo iba por su cuenta, sin que pudieran cubrirse mutuamente, como haría cualquier grupo de pilotos de caza, y a pesar de que casi doblaban la potencia de fuego del convoy de la Federación estuvieron cerca de perder. Las bajas fueron importantes en ambos grupos de combate, pero las naves de la Federación fueron completamente destruidas.
Poco a poco se fueron mejorando las técnicas de comunicación militar con los rakshas, y se les entregó un holoproyector enlazado por radio con el de la mesa de estrategia, para que pudieran seguir las reuniones a distancia. Se notaba que no les gustaba estar en la base, probablemente había demasiado ruido térmico. Nunca sabremos cómo fue posible su primer desembarco pacífico en la base, sin que nadie disparara. Fue simplemente una de esas cosas que simplemente ocurren: una nave raksha apareció en las pantallas, se acercó ni demasiado rápido ni demasiado lentamente, entro al espaciopuerto, se orientó, atracó mediante sus propias pinzas magnéticas y tres rakshas en sus escafandras aparecieron en el ascensor, todo ello sin que a nadie le entrara la locura de disparar. Cruzaron la puerta neumática y entraron a la cubierta habitada, y fueron conducidos a la sala de estrategia. No se consiguió nada, pero el primer contacto estaba hecho.
A partir de aquel momento naves rakshas empezaron a aparecer en los combates contra la Federación, y soldados rakshas en los asaltos de tierra. Y hubo muertos propios por las armas de los rakshas, probablemente porque los marines de la Federación y los soldados nuestros les parecían todos iguales. Pero se logró la Alianza.
Y ahora, un crucero raksha estaba entrando en el espaciopuerto, en aquella base secreta en la que se habían dado cita las flotas raksha y nuestra, para el ataque definitivo contra la Armada Federal.
Tan importante como aprender a comunicarse había sido, antes, vencer el miedo a aquellos primeros rakshas que fueron a la mesa de estrategia.
En aquel momento entraba un crucero raksha, o eso debía ser, por su tamaño, aunque claro, nunca se sabía. Ya era bastante difícil comunicarse con ellos como para pretender conocer su tecnología. Las cosas básicas eran las mismas, evidentemente: la física no cambia porque no seas humano. Pero entrar a una de sus salas de máquinas era como poner al contramaestre del San Juan Nemopuceno en una nave moderna. O algo así, porque el Jefe de Mecánicos Nakashita González nunca había entrado en una nave raksha, ni sabía de nadie que lo hubiera hecho, pero una vez tuvo que reparar un simple regulador de gases y tardó varias horas simplemente en entender qué es lo que tenía delante.
Los estrategas y los Jefes de Ala comentaban lo difícil que había sido ponerse de acuerdo con ellos para la batalla de la cola del cometa Kater. Y no por falta de buena voluntad, sino simplemente porque no hablaban como nosotros, ni veían en nuestro mismo rango del espectro. Lo más que habíamos conseguido averiguar era que su lenguaje se basaba simultáneamente en pequeños chasquidos eléctricos y cambios de calor corporal, y eso gracias a que tras una batalla en tierra se pudo diseccionar a uno de ellos, y se descubrió que tenía un sistema detector de electricidad como el de los tiburones. Aquella gente no recogía a sus muertos del campo de batalla: se limitaban a cortar una parte del cuerpo de sus caídos que parecían ser las gónadas y recoger las pilas de energía de las armas, dejando el resto pudrirse.
Pero las necesidades de la guerra eran lo primero, y se consiguió comunicarse con ellos a nivel estratégico: se pudo adaptar un holoproyector para que dibujara las estrellas en el aire, en tres dimensiones, no sólo como puntos de luz blanca sino también infrarrojos. Entendieron rápidamente lo que los estrategas les querían enseñar: aquello era un plano del sistema y sus vecinos. Los rakshas que habían desembarcado hicieron ademán de girar el apéndice principal, lo que llamaríamos cabeza, para ver el mapa desde una perspectiva más familiar, y los ingenieros hicieron girar todo el mapa en el aire, en sentido contrario. No se tardó mucho más en entender la orientación de su sistema de coordenadas.
Los ingenieros hicieron entonces aparecer el cometa Kater en el mapa, moviéndose a una velocidad sensible, como una marca más fría pero aún brillante en el infrarrojo, y marcando también su estela. Quizá así podríamos comunicarnos con ellos en lo que respectaba a los tiempos.
Uno de ellos tocó con un dedo, que sería el nombre más adecuado, tres estrellas del mapa. Nadie entendía, hasta que el cabo Philippe le dijo al ingeniero que dibujara en el holoproyector el triángulo creado por aquellas tres estrellas. Al hacerlo se vio que el cometa atravesaba aquel triángulo, y se dio marcha atrás en el tiempo del holoproyector hasta que el cometa estuvo en aquél mismo plano.
- ¿Cuándo será eso?
- Dentro de dos días y seis horas estándar
- Bien, dibuje nuestros escuadrones y los de la Federación en una maniobra de campaña clásica en la cola del cometa. Bien. Ahora dibuje los escuadrones rakshas sueltos por ahí.
Uno de los estrategas rakshas pareció entender el dibujo, e hizo ademán de mover con su dedo sus escuadrones como quien mueve una ficha de parchís. El ingeniero hizo que el puntito azul siguiera el dedo del raksha hasta que lo dejó quieto.
- ¡Es una maniobra de flanqueo! Ponga el resto de sus escuadrones para completar la maniobra, y saque un grupo de cazas nuestros para cubrir el punto ciego.
El ingeniero cumplió lo que se le pedía. Los rakshas sugirieron algunas posiciones adicionales, y dos días después las fuerzas de la Federación fueron sorprendidas por dos grupos de combate humanos y un enjambre de naves rakshas. Cada grupo iba por su cuenta, sin que pudieran cubrirse mutuamente, como haría cualquier grupo de pilotos de caza, y a pesar de que casi doblaban la potencia de fuego del convoy de la Federación estuvieron cerca de perder. Las bajas fueron importantes en ambos grupos de combate, pero las naves de la Federación fueron completamente destruidas.
Poco a poco se fueron mejorando las técnicas de comunicación militar con los rakshas, y se les entregó un holoproyector enlazado por radio con el de la mesa de estrategia, para que pudieran seguir las reuniones a distancia. Se notaba que no les gustaba estar en la base, probablemente había demasiado ruido térmico. Nunca sabremos cómo fue posible su primer desembarco pacífico en la base, sin que nadie disparara. Fue simplemente una de esas cosas que simplemente ocurren: una nave raksha apareció en las pantallas, se acercó ni demasiado rápido ni demasiado lentamente, entro al espaciopuerto, se orientó, atracó mediante sus propias pinzas magnéticas y tres rakshas en sus escafandras aparecieron en el ascensor, todo ello sin que a nadie le entrara la locura de disparar. Cruzaron la puerta neumática y entraron a la cubierta habitada, y fueron conducidos a la sala de estrategia. No se consiguió nada, pero el primer contacto estaba hecho.
A partir de aquel momento naves rakshas empezaron a aparecer en los combates contra la Federación, y soldados rakshas en los asaltos de tierra. Y hubo muertos propios por las armas de los rakshas, probablemente porque los marines de la Federación y los soldados nuestros les parecían todos iguales. Pero se logró la Alianza.
Y ahora, un crucero raksha estaba entrando en el espaciopuerto, en aquella base secreta en la que se habían dado cita las flotas raksha y nuestra, para el ataque definitivo contra la Armada Federal.
Tan importante como aprender a comunicarse había sido, antes, vencer el miedo a aquellos primeros rakshas que fueron a la mesa de estrategia.
viernes, 11 de diciembre de 2009
Campo de batalla: tu cerebro
Juan se acercó a la oficina de su jefe: iban a ascenderlo. No importaba ahora cómo ni porqué, solamente que como Manejador de Nivel 6 dispondría de plaza de aparcamiento, vacaciones pagadas, seguro dental, disruptor de publicidad y, lo más importante, la llave del lavabo de ejecutivos.
Llegó a la puerta, miró el reloj (Mr. Smith era amante de la puntualidad exacta), se arregló la corbata y tocó en la puerta. Una sonriente secretaria de rasgos orientales le abrió y le invitó a pasar al adornado despacho: parecía el de un ejecutivo yuppie ochentero al que le gustaran los viajes: máscaras africanas, una montera de torero, muñecas de vudú... y por supuesto, una moqueta adecuada para jugar al golf de oficina. Al fondo, la mesa: una lámina ovalada de cristal sostenida a un solo lado por un pie en forma de delfín, de manera que parecía que el escritorio era la superficie tranquila del agua y el delfín sacaba la cabeza de ella.
- Juan, bienvenido. Yo soy contento de tener usted aquí. Los informes me dicen que usted has mejorado nuestros resultados en cinco porciento ¿sí?
- Sí, señor.
- Explícame cómo lo has hecho usted?
- Me he dado cuenta de que estábamos transmitiendo publicidad a grandes masas de la población que no la iban a aprovechar. Por poner un ejemplo sencillo, transmitíamos publicidad de muñecas a niños de diez años. Diseñé un sistema por el cual ahora transmitimos la publicidad solamente a los objetivos adecuados. Como transmitimos a menos objetivos, cobramos menos impactos a los anunciantes, muchos menos, pero como el porcentaje de objetivos que compran asciende podemos cobrar los impactos más caros. En conjunto, cobramos un 16% menos.
- No acabo de entender lo.
La cara de Mr. Smith ya no era acogedora. Juan tragó saliva.
- La transmisión cerebral consume una gran cantidad de energía, porque hay que focalizar muy exactamente las ondas. Crear recuerdos agradables en el sistema límbico está muy bien en el laboratorio, pero con la gente andando por las calles y moviéndose continuamente seguirlos es muy difícil, y asegurarse de que el campo electromagnético se concentra exactamente en los puntos adecuados del cerebro de tantísimas personas sin provocarles daños cerebrales por afectar a otras zonas cuesta enormes cantidades de poder de cómputo, que se traduce en dinero, y de electricidad para los transmisores, que también es dinero.
- Sí.
- Como ahora seguimos a menos personas a la vez, y transmitimos a menos personas, ambas necesidades se reducen. Aunque la computación cuántica haga posibles cálculos que antes hubieran llevado milenios, sigue siendo cara, pero con este método reducimos nuestras necesidades de cálculo en aproximadamente un 50%. Hemos podido suspender el alquiler de la tercera parte de los ordenadores que IQM nos cobraba. Y en cuanto a los transmisores, ahora van más suaves, y consumen menos energía, con lo que estamos ahorrando un 30% de costes de electricidad y a la vez hemos conseguido incluso una mejora de la señal. Cobramos menos, pero gastamos mucho menos, por eso ganamos más.
- Ok, ahora yo lo entiendo. Bien, tenga el llave del baño. Te darán lo demás a usted en Recursos Humanos.
- Gracias, Mr. Smith.
Juan bajó a Recursos Humanos a por su plaza de aparcamiento y lo demás. Entre otras cosas, su disruptor de publicidad. Con él ya no desearía las cosas que la corporación hacía desear a todos los consumidores.
Tres meses después, se dio cuenta. Sus deseos siempre habían estado guiados. Ahora sabía que todo lo que pensaba que deseaba era publicidad. Y que no sabía desear por si mismo: treinta años transmitido le habían borrado su capacidad autónoma. No podía querer cosas, más allá de los condicionamientos de la supervivencia.
Se suicidó.
Llegó a la puerta, miró el reloj (Mr. Smith era amante de la puntualidad exacta), se arregló la corbata y tocó en la puerta. Una sonriente secretaria de rasgos orientales le abrió y le invitó a pasar al adornado despacho: parecía el de un ejecutivo yuppie ochentero al que le gustaran los viajes: máscaras africanas, una montera de torero, muñecas de vudú... y por supuesto, una moqueta adecuada para jugar al golf de oficina. Al fondo, la mesa: una lámina ovalada de cristal sostenida a un solo lado por un pie en forma de delfín, de manera que parecía que el escritorio era la superficie tranquila del agua y el delfín sacaba la cabeza de ella.
- Juan, bienvenido. Yo soy contento de tener usted aquí. Los informes me dicen que usted has mejorado nuestros resultados en cinco porciento ¿sí?
- Sí, señor.
- Explícame cómo lo has hecho usted?
- Me he dado cuenta de que estábamos transmitiendo publicidad a grandes masas de la población que no la iban a aprovechar. Por poner un ejemplo sencillo, transmitíamos publicidad de muñecas a niños de diez años. Diseñé un sistema por el cual ahora transmitimos la publicidad solamente a los objetivos adecuados. Como transmitimos a menos objetivos, cobramos menos impactos a los anunciantes, muchos menos, pero como el porcentaje de objetivos que compran asciende podemos cobrar los impactos más caros. En conjunto, cobramos un 16% menos.
- No acabo de entender lo.
La cara de Mr. Smith ya no era acogedora. Juan tragó saliva.
- La transmisión cerebral consume una gran cantidad de energía, porque hay que focalizar muy exactamente las ondas. Crear recuerdos agradables en el sistema límbico está muy bien en el laboratorio, pero con la gente andando por las calles y moviéndose continuamente seguirlos es muy difícil, y asegurarse de que el campo electromagnético se concentra exactamente en los puntos adecuados del cerebro de tantísimas personas sin provocarles daños cerebrales por afectar a otras zonas cuesta enormes cantidades de poder de cómputo, que se traduce en dinero, y de electricidad para los transmisores, que también es dinero.
- Sí.
- Como ahora seguimos a menos personas a la vez, y transmitimos a menos personas, ambas necesidades se reducen. Aunque la computación cuántica haga posibles cálculos que antes hubieran llevado milenios, sigue siendo cara, pero con este método reducimos nuestras necesidades de cálculo en aproximadamente un 50%. Hemos podido suspender el alquiler de la tercera parte de los ordenadores que IQM nos cobraba. Y en cuanto a los transmisores, ahora van más suaves, y consumen menos energía, con lo que estamos ahorrando un 30% de costes de electricidad y a la vez hemos conseguido incluso una mejora de la señal. Cobramos menos, pero gastamos mucho menos, por eso ganamos más.
- Ok, ahora yo lo entiendo. Bien, tenga el llave del baño. Te darán lo demás a usted en Recursos Humanos.
- Gracias, Mr. Smith.
Juan bajó a Recursos Humanos a por su plaza de aparcamiento y lo demás. Entre otras cosas, su disruptor de publicidad. Con él ya no desearía las cosas que la corporación hacía desear a todos los consumidores.
Tres meses después, se dio cuenta. Sus deseos siempre habían estado guiados. Ahora sabía que todo lo que pensaba que deseaba era publicidad. Y que no sabía desear por si mismo: treinta años transmitido le habían borrado su capacidad autónoma. No podía querer cosas, más allá de los condicionamientos de la supervivencia.
Se suicidó.
miércoles, 1 de julio de 2009
Clima genético
- ¿Cómo puede existir un ser tan asqueroso?
- Es cosa del clima genético, mayor.
- ¿Clima genético, doctor?
- Sí, señor. Veamos. La temperatura, la humedad, la insolación o los vientos no son iguales en una ciudad del norte que en una del ecuador, ¿verdad?
- Claro, el tiempo es más frío en el norte.
- El tiempo varía día a día. El clima es el que es más frío en el norte.
- ¿Y?
- Verá, señor. Sitios cercanos, como dos ciudades ecuatoriales, tienen climas semejantes. Sitios lejanos, como una ciudad ecuatorial y una del norte, tienen climas diferentes. Cuando alguien viaja de un lugar a otro lejano, se prepara para encontrarse cosas muy distintas: compra ropa de abrigo o protector solar, ¿no?
- Sí. ¿Y qué? Sigo sin entender la relación de esta clasecita de meteorología con este... este ser.
- Cuando uno viaja a un sitio cercano no espera cambios de clima grandes, así que los que pueda haber le sorprenden a uno más de lo esperado. En resumen, cuando vamos lejos lo muy diferente lo aceptamos como normal, pero cuando viajamos cerca, lo poco diferente nos sorprende.
- Doctor, o empieza a explicarse o no respondo.
- Verá, mayor. El caso es que la evolución de las especies se produce por mutaciones al azar en su ADN. Todos los seres vivos del Universo conocido se basan en el ADN o algún primo cercano, o en una de las otras dos estructuras de información hereditaria que hemos encontrado. Todos.
- Sí, todo eso de las mutaciones al azar, la selección natural y la herencia genética.
- Sí, mayor, justamente eso. Solo que las mutaciones no son al azar.
- ¿Eh?
- La xenotaxonomía comparada nos ha demostrado que las mutaciones de las cadenas genéticas no son completamente al azar. Sitios cercanos del Universo sufren mutaciones parecidas, mientras que sitios lejanos sufren mutaciones diferentes. Claro que las mutaciones individuales son al azar, como el tiempo que pueda haber un día determinado en un sitio determinado, pero dentro de los patrones que marca el clima de cada lugar. En xenogenética es lo mismo: las mutaciones de cada lugar son diferentes, pero las de lugares cercanos son parecidas y las de lugares lejanos son muy diferentes. Es lo que llamamos clima genético del Universo.
- ¿Quiere decir que en la Galaxia...?
- Más o menos. En este sector de este brazo galáctico, casi todas las formas de vida que hemos encontrado se han basado en el mismo esquema de nichos evolutivos, con un mamífero bípedo inteligente formado o en proceso de formación, otros mamíferos, aves, reptiles, peces, plantas... En cambio, más lejos en la galaxia hemos detectado otras pirámides evolutivas, con seres insectoides gigantes por una zona, microfauna supervoraz por otra, seres casi gaseosos por otra... cada zona con toda su biosfera en equilibrio. Y lo más importante, con transiciones relativamente suaves entre grupos si se mira a grandes rasgos.
- Entonces, doctor, este ser tan repulsivo, ¿es...?
- Sí, señor. Usted lo encuentra tan repulsivo precisamente porque es parecido a nosotros, pero diferente. Mamífero, bípedo erguido, dos sexos diferenciados, capacidad de inteligencia y emoción, una cabeza en lo alto con dos ojos, oídos y fosas nasales, una boca apta también para respirar, dos brazos con manos de cinco dedos...
- Es asqueroso.
- Es parecido, muy parecido a nosotros. Usted lo encuentra asqueroso precisamente por las pequeñas diferencias, en caso contrario lo encontraría simplemente interesante o no.
- Pero, ¿cómo puede ser tan asquerosamente parecido?
- Lo hemos recogido en un planeta cercano al nuestro, y precisamente por eso es un planeta con un clima genético muy parecido al nuestro, también. Prácticamente igual. Son las pequeñas diferencias aleatorias dentro de la igualdad del clima genético lo que le da tanto asco a usted, mayor, no las grandes diferencias que hemos encontrado con otros casos.
- Bueno, en cualquier caso, no lo quiero cerca de mí. ¿Cómo llamamos a estos seres?
- Las antenas han captado sus emisiones de radioondas. Parece que ellos mismo tienen un nombre que es válido en todo caso para toda su especie, mayor.
- ¿Sí, doctor?
- Se llaman a si mismos, en conjunto, Homo Sapiens.
- Es cosa del clima genético, mayor.
- ¿Clima genético, doctor?
- Sí, señor. Veamos. La temperatura, la humedad, la insolación o los vientos no son iguales en una ciudad del norte que en una del ecuador, ¿verdad?
- Claro, el tiempo es más frío en el norte.
- El tiempo varía día a día. El clima es el que es más frío en el norte.
- ¿Y?
- Verá, señor. Sitios cercanos, como dos ciudades ecuatoriales, tienen climas semejantes. Sitios lejanos, como una ciudad ecuatorial y una del norte, tienen climas diferentes. Cuando alguien viaja de un lugar a otro lejano, se prepara para encontrarse cosas muy distintas: compra ropa de abrigo o protector solar, ¿no?
- Sí. ¿Y qué? Sigo sin entender la relación de esta clasecita de meteorología con este... este ser.
- Cuando uno viaja a un sitio cercano no espera cambios de clima grandes, así que los que pueda haber le sorprenden a uno más de lo esperado. En resumen, cuando vamos lejos lo muy diferente lo aceptamos como normal, pero cuando viajamos cerca, lo poco diferente nos sorprende.
- Doctor, o empieza a explicarse o no respondo.
- Verá, mayor. El caso es que la evolución de las especies se produce por mutaciones al azar en su ADN. Todos los seres vivos del Universo conocido se basan en el ADN o algún primo cercano, o en una de las otras dos estructuras de información hereditaria que hemos encontrado. Todos.
- Sí, todo eso de las mutaciones al azar, la selección natural y la herencia genética.
- Sí, mayor, justamente eso. Solo que las mutaciones no son al azar.
- ¿Eh?
- La xenotaxonomía comparada nos ha demostrado que las mutaciones de las cadenas genéticas no son completamente al azar. Sitios cercanos del Universo sufren mutaciones parecidas, mientras que sitios lejanos sufren mutaciones diferentes. Claro que las mutaciones individuales son al azar, como el tiempo que pueda haber un día determinado en un sitio determinado, pero dentro de los patrones que marca el clima de cada lugar. En xenogenética es lo mismo: las mutaciones de cada lugar son diferentes, pero las de lugares cercanos son parecidas y las de lugares lejanos son muy diferentes. Es lo que llamamos clima genético del Universo.
- ¿Quiere decir que en la Galaxia...?
- Más o menos. En este sector de este brazo galáctico, casi todas las formas de vida que hemos encontrado se han basado en el mismo esquema de nichos evolutivos, con un mamífero bípedo inteligente formado o en proceso de formación, otros mamíferos, aves, reptiles, peces, plantas... En cambio, más lejos en la galaxia hemos detectado otras pirámides evolutivas, con seres insectoides gigantes por una zona, microfauna supervoraz por otra, seres casi gaseosos por otra... cada zona con toda su biosfera en equilibrio. Y lo más importante, con transiciones relativamente suaves entre grupos si se mira a grandes rasgos.
- Entonces, doctor, este ser tan repulsivo, ¿es...?
- Sí, señor. Usted lo encuentra tan repulsivo precisamente porque es parecido a nosotros, pero diferente. Mamífero, bípedo erguido, dos sexos diferenciados, capacidad de inteligencia y emoción, una cabeza en lo alto con dos ojos, oídos y fosas nasales, una boca apta también para respirar, dos brazos con manos de cinco dedos...
- Es asqueroso.
- Es parecido, muy parecido a nosotros. Usted lo encuentra asqueroso precisamente por las pequeñas diferencias, en caso contrario lo encontraría simplemente interesante o no.
- Pero, ¿cómo puede ser tan asquerosamente parecido?
- Lo hemos recogido en un planeta cercano al nuestro, y precisamente por eso es un planeta con un clima genético muy parecido al nuestro, también. Prácticamente igual. Son las pequeñas diferencias aleatorias dentro de la igualdad del clima genético lo que le da tanto asco a usted, mayor, no las grandes diferencias que hemos encontrado con otros casos.
- Bueno, en cualquier caso, no lo quiero cerca de mí. ¿Cómo llamamos a estos seres?
- Las antenas han captado sus emisiones de radioondas. Parece que ellos mismo tienen un nombre que es válido en todo caso para toda su especie, mayor.
- ¿Sí, doctor?
- Se llaman a si mismos, en conjunto, Homo Sapiens.
sábado, 27 de diciembre de 2008
TC
-Lo han hecho. Al final lo han hecho.
Este único pensamiento ocupaba su cabeza mientras sobrevolaba la ciudad.
-No puedo creer que lo hayan hecho.
Mientras miraba por la ventanilla, veía la ciudad triste, gris, sin vida. No quedaba nada bajo las alas del avión sino muerte. Los parques ya no tenían niños. Los bares ya no tenían parroquianos. Los estadios ya no tenían multitudes. Las farolas ya no tenían putas, ni clientes.
Al final, aquel monstruoso invento había sido usado. Comités científicos lo habían advertido. El TC era peligroso. Debía prohibirse su uso, incluso en pruebas. Algunos protestaron, incluso violentamente, como con Mururoa.
No sirvió de nada. Los que ya habían sido seducidos por el TC votaron a bloque en las siguientes elecciones. Ya no se pudo hacer nada. La dictadura de los corderos había hablado, votando por degollarse a sí misma.
Aquél era el último vuelo.
El Televisor Cerebral había triunfado, y todas las familias, ahora por Ley, estaban enchufados en el sofá viendo en el canal único Gran Hermano 27.
Este único pensamiento ocupaba su cabeza mientras sobrevolaba la ciudad.
-No puedo creer que lo hayan hecho.
Mientras miraba por la ventanilla, veía la ciudad triste, gris, sin vida. No quedaba nada bajo las alas del avión sino muerte. Los parques ya no tenían niños. Los bares ya no tenían parroquianos. Los estadios ya no tenían multitudes. Las farolas ya no tenían putas, ni clientes.
Al final, aquel monstruoso invento había sido usado. Comités científicos lo habían advertido. El TC era peligroso. Debía prohibirse su uso, incluso en pruebas. Algunos protestaron, incluso violentamente, como con Mururoa.
No sirvió de nada. Los que ya habían sido seducidos por el TC votaron a bloque en las siguientes elecciones. Ya no se pudo hacer nada. La dictadura de los corderos había hablado, votando por degollarse a sí misma.
Aquél era el último vuelo.
El Televisor Cerebral había triunfado, y todas las familias, ahora por Ley, estaban enchufados en el sofá viendo en el canal único Gran Hermano 27.
Etiquetas:
Ciencia Ficción,
Distopía,
Transmisión cerebral
jueves, 25 de septiembre de 2008
Llegada al Aro
Bahnberg pasó el primer control de identidad. Enseñó su tarjeta, la pasó por el lector como quien pasa un billete de tubo y siguió adelante. El segundo control fue igualmente sencillo. El billete de lanzadera hizo el trabajo. Siguió adelante con su pequeño maletín.
Hacía tiempo que Europa no lo llamaba para una misión de estas. Subir al Aro. La última vez casi murió allí. O fuera de allí.
Pasó el tercer control: huellas dactilares, calor corporal y huella ocular. Un invento el cacharro ese, algún pirado de la vieja NSA que seguro que venía del MIT combinó el viejo lector de iris y el menos conocido retinógrafo, ambos de finales del siglo XX, en un único aparato bastante sencillo de usar, y prácticamente imposible de engañar.
Prácticamente.
Bahnberg llegó con el maletín al avión, se sentó, oyó sin atención las instrucciones de seguridad y continuó pensando en la última vez que estuvo en el Aro.
En aquel entonces el Aro estaba en aún construcción. Europa, Estados Unidos e India lanzaban una sección cada pocos años, y había que subir en transbordador, los herederos del Challeneger. No como hoy en día. Hoy te montas en un avión prácticamente normal con motor cohete, y el avión se eleva normalmente hasta los once mil metros, y allí enciende el motor cohete, apaga los reactores y se continúa elevando sin prisa hasta la órbita de aparcamiento. Y desde allí, maniobras espaciales estándar con destino al Aro.
A medida que subían Bahnberg vió pasar por debajo suyo los Alpes, las llanuras del Danubio, los Cárpatos, luego todo Oriente Medio, India... cada vez más lejos, hasta que el avión giró sobre sí mismo y dejó de ver la Tierra. El Aro surgió ante Bahnberg. Y esta vez estaba casi acabado. Se veía acabado, aunque no lo estaba. Había unos tres grados continuos sobre Arabia, y dos más sobre América. Y algunas otras secciones sueltas en África Occidental y el Pacífico, quizá cuatro grados en total de los trescientos sesenta.
Aparte del Icosaedro. Los cinco sectores EM originales se convirtieron luego en diez, y luego en veinte, y se alteraron las órbitas luego para que siempre tuvieran una disposición sobre la Tierra semejante a la de un icosaedro. El sustituto moderno de los viejos sistemas GPS, Galileo y Eureka. Telefonía, Internet por satélite, salvamento marítimo, control aéreo...
Cada sección en órbita era un enorme contenedor estanco, básicamente, con unos paneles solares gargantuescos y una gran ventana. Todos tenían algún tipo de jardín frente a la ventana, por la cosa del oxígeno. La ventana siempre apuntaba hacia el exterior del Aro, con lo cual el jardín tenía un ciclo de luz y oscuridad semejante al natural.
El resto del espacio ahora se ocupaba en habitación, despachos científicos, talleres, centros de comunicaciones... la idea original de tener contenedores relativamente independientes aunque con cada contenedor llevando una de las tareas pesadas había desaparecido y ahora cada sector continuo del Aro era una unidad interdependiente. En el concepto original podía desaparecer un sector sin que el Aro se viera en peligro. Todo lo mas, algunas incomodidades. Ahora, con casi un millón de personas viviendo en el Aro, si un contenedor fallara podría haber serios problemas. Menos mal, pensó Bahnberg, que prácticamente todos los servicios estaban en más de un contenedor.
El baloncesto espacial ahora era un deporte de competición profesional, con campos específicamente construidos para ello, y ya no era necesario ponerse el traje para ir de un contenedor a otro. Los contenedores seguían orbitando como elementos independientes, pero ahora de contenedor en contenedor había túneles flexibles, fabricados con materiales de alta resistencia a la tensión y protegidos de los micrometeoritos mediante mallas hechas de fibras de carbono. Aunque no se recomendaba: no había protección contra la radiación. El viaje de un kilómetro en telecabina duraba aproximadamente un minuto.
Bahnberg recordaba la escena cuando llegó y le explicaron las normas de seguridad a bordo, aquella primera vez. Esta vez podría saltarse esa parte: aparte de que las habían relajado, tenía un "pase de antigüedad", al haber estado ya allí.
El avión llegó, se acopló al contenedor Scott Card-472, Bahnberg cogió su maletín, se despidió de los tripulantes de cabina (aquello ya no era una profesión sólo para mujeres, los hombres podían sonreír igual de bien) y pasó al Aro.
-Agente Bahnberg, qué sorpresa. De nuevo por aquí.
-¿Ferdinandi?
-Sí. Ahora soy el Administrador del Sector. Cosas de la antigüedad. Ya sabe, es un grado.
-Sí. Yo tampoco soy ya Agente, oficialmente. Me han hecho subir algunos grados. El primero en cuanto llegué abajo la otra vez que salí de aquí.
-¿Una Jefatura?
-Una Dirección de Área. Pero Agente me sigue sentando mejor en los oídos. El resto es burocracia...
Ambos sonrieron: sabían perfectamente que el puesto de Ferdinandi era uno de los más burocráticos que existían.
-Te he reservado el mismo camarote en el Larry Niven.
-¿Te acordabas?
-Estaba en los registros- mintió Ferdinandi. Ambos volvieron a sonreir.
-¿A las siete hora local?
-Ahora yo decido la hora. Y no voy al comedor común. Es deprimente: allí no soy uno más. Como Administrador me miran como a un jefe, no un compañero. Por eso cuando no tengo una cena de trabajo, ceno solo, y me la ponen a la hora que yo diga. Ser el que manda también tiene sus ventajas- acabó Ferdinandi -. Vamos.
-Está bien.
Hacía tiempo que Europa no lo llamaba para una misión de estas. Subir al Aro. La última vez casi murió allí. O fuera de allí.
Pasó el tercer control: huellas dactilares, calor corporal y huella ocular. Un invento el cacharro ese, algún pirado de la vieja NSA que seguro que venía del MIT combinó el viejo lector de iris y el menos conocido retinógrafo, ambos de finales del siglo XX, en un único aparato bastante sencillo de usar, y prácticamente imposible de engañar.
Prácticamente.
Bahnberg llegó con el maletín al avión, se sentó, oyó sin atención las instrucciones de seguridad y continuó pensando en la última vez que estuvo en el Aro.
En aquel entonces el Aro estaba en aún construcción. Europa, Estados Unidos e India lanzaban una sección cada pocos años, y había que subir en transbordador, los herederos del Challeneger. No como hoy en día. Hoy te montas en un avión prácticamente normal con motor cohete, y el avión se eleva normalmente hasta los once mil metros, y allí enciende el motor cohete, apaga los reactores y se continúa elevando sin prisa hasta la órbita de aparcamiento. Y desde allí, maniobras espaciales estándar con destino al Aro.
A medida que subían Bahnberg vió pasar por debajo suyo los Alpes, las llanuras del Danubio, los Cárpatos, luego todo Oriente Medio, India... cada vez más lejos, hasta que el avión giró sobre sí mismo y dejó de ver la Tierra. El Aro surgió ante Bahnberg. Y esta vez estaba casi acabado. Se veía acabado, aunque no lo estaba. Había unos tres grados continuos sobre Arabia, y dos más sobre América. Y algunas otras secciones sueltas en África Occidental y el Pacífico, quizá cuatro grados en total de los trescientos sesenta.
Aparte del Icosaedro. Los cinco sectores EM originales se convirtieron luego en diez, y luego en veinte, y se alteraron las órbitas luego para que siempre tuvieran una disposición sobre la Tierra semejante a la de un icosaedro. El sustituto moderno de los viejos sistemas GPS, Galileo y Eureka. Telefonía, Internet por satélite, salvamento marítimo, control aéreo...
Cada sección en órbita era un enorme contenedor estanco, básicamente, con unos paneles solares gargantuescos y una gran ventana. Todos tenían algún tipo de jardín frente a la ventana, por la cosa del oxígeno. La ventana siempre apuntaba hacia el exterior del Aro, con lo cual el jardín tenía un ciclo de luz y oscuridad semejante al natural.
El resto del espacio ahora se ocupaba en habitación, despachos científicos, talleres, centros de comunicaciones... la idea original de tener contenedores relativamente independientes aunque con cada contenedor llevando una de las tareas pesadas había desaparecido y ahora cada sector continuo del Aro era una unidad interdependiente. En el concepto original podía desaparecer un sector sin que el Aro se viera en peligro. Todo lo mas, algunas incomodidades. Ahora, con casi un millón de personas viviendo en el Aro, si un contenedor fallara podría haber serios problemas. Menos mal, pensó Bahnberg, que prácticamente todos los servicios estaban en más de un contenedor.
El baloncesto espacial ahora era un deporte de competición profesional, con campos específicamente construidos para ello, y ya no era necesario ponerse el traje para ir de un contenedor a otro. Los contenedores seguían orbitando como elementos independientes, pero ahora de contenedor en contenedor había túneles flexibles, fabricados con materiales de alta resistencia a la tensión y protegidos de los micrometeoritos mediante mallas hechas de fibras de carbono. Aunque no se recomendaba: no había protección contra la radiación. El viaje de un kilómetro en telecabina duraba aproximadamente un minuto.
Bahnberg recordaba la escena cuando llegó y le explicaron las normas de seguridad a bordo, aquella primera vez. Esta vez podría saltarse esa parte: aparte de que las habían relajado, tenía un "pase de antigüedad", al haber estado ya allí.
El avión llegó, se acopló al contenedor Scott Card-472, Bahnberg cogió su maletín, se despidió de los tripulantes de cabina (aquello ya no era una profesión sólo para mujeres, los hombres podían sonreír igual de bien) y pasó al Aro.
-Agente Bahnberg, qué sorpresa. De nuevo por aquí.
-¿Ferdinandi?
-Sí. Ahora soy el Administrador del Sector. Cosas de la antigüedad. Ya sabe, es un grado.
-Sí. Yo tampoco soy ya Agente, oficialmente. Me han hecho subir algunos grados. El primero en cuanto llegué abajo la otra vez que salí de aquí.
-¿Una Jefatura?
-Una Dirección de Área. Pero Agente me sigue sentando mejor en los oídos. El resto es burocracia...
Ambos sonrieron: sabían perfectamente que el puesto de Ferdinandi era uno de los más burocráticos que existían.
-Te he reservado el mismo camarote en el Larry Niven.
-¿Te acordabas?
-Estaba en los registros- mintió Ferdinandi. Ambos volvieron a sonreir.
-¿A las siete hora local?
-Ahora yo decido la hora. Y no voy al comedor común. Es deprimente: allí no soy uno más. Como Administrador me miran como a un jefe, no un compañero. Por eso cuando no tengo una cena de trabajo, ceno solo, y me la ponen a la hora que yo diga. Ser el que manda también tiene sus ventajas- acabó Ferdinandi -. Vamos.
-Está bien.
Etiquetas:
agente Bahnberg,
Ciencia Ficción,
el Aro,
rayo de Jensez
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Llegada al Aro
Bahnberg pasó el primer control de identidad. Enseñó su tarjeta, la pasó por el lector como quien pasa un billete de tubo y siguió adelante. El segundo control fue igualmente sencillo. El billete de lanzadera hizo el trabajo. Siguió adelante con su pequeño maletín.
Hacía tiempo que Europa no lo llamaba para una misión de estas. Subir al Aro. La última vez casi murió allí. O fuera de allí.
Pasó el tercer control: huellas dactilares, calor corporal y huella ocular. Un invento el cacharro ese, algún pirado de la vieja NSA que seguro que venía del MIT combinó el viejo lector de iris y el menos conocido retinógrafo, ambos de finales del siglo XX, en un único aparato bastante sencillo de usar, y prácticamente imposible de engañar.
Prácticamente.
Bahnberg llegó con el maletín al avión, se sentó, oyó sin atención las instrucciones de seguridad y continuó pensando en la última vez que estuvo en el Aro.
En aquel entonces el Aro estaba en aún construcción. Europa, Estados Unidos e India lanzaban una sección cada pocos años, y había que subir en transbordador, los herederos del Challeneger. Cada sección en órbita era un enorme contenedor estanco, básicamente, con unos paneles solares gargantuescos y una gran ventana. Todos tenían algún tipo de jardín frente a la ventana, por la cosa del oxígeno. La ventana siempre apuntaba hacia el exterior del Aro, con lo cual el jardín tenía un ciclo de luz y oscuridad semejante al natural.
Cada contenedor tenía un número, evidentemente, y también un nombre. Nombres de científicos, prácticamente desconocidos todos. Salvo el primero, que llevaba el nombre de un tal Larry Niven. Bahnberg solo sabía que no era un científico sino algún tipo de autor. Cada uno tenía algunos sectores de vivienda y de almacenes, y debía poder ser autónomo. Pero la mayor parte del espacio de cada contenedor, o HOU, como se llamaban oficialmente, tenía un gran espacio para uso diverso. El Larry Niven-1 tenía una planta de potabilización de agua y un gran reservorio. El Turing-9 tenía una planta química capaz de hacer cualquier cosa, con tal de tener los reactivos necesarios. El Chandrasekhar-2 una planta nuclear, y así sucesivamente.
Los primeros quince HOU habían sido lanzados a órbitas bastante cercanas entre sí. En realidad se movían muy poco unos con respecto a otros. Se movían tan poco unos respecto a otros que los obreros habían inventado el baloncesto espacial: tratar de acertar en la escotilla del HOU que estaba en montaje desde la escotilla del anterior, a un kilómetro de distancia. Y se habían hecho bastante buenos en ello. No perdían muchos balones, y no solamente por la red de seguridad que rodeaba siempre un contenedor en construcción.
Los obreros de la construcción siempre eran obreros, ya fuesen albañiles trabajando de sol a sol en destrozar una costa para el turismo, silbando a las tías buenas que pasaban por la calle, o ingenieros aeroespaciales montando estaciones orbitales, bromeando y mirando sin pudor a los oficiales sexualmente compatibles y a las tripulaciones de carga. Trabajaban en turnos cortos, nunca más de tres semanas seguidas y nunca menos de tres semanas de descanso. La descalcificación orbital y la pérdida de equilibrio no perdonaban, y cualificar a un ingeniero aeroespacial como soldador, electricista, fontanero, jardinero, alicatador y astronavegador salía muy caro como para tener que darles una baja permanente.
Bahnberg recordaba la escena cuando llegó y le explicaron las normas de seguridad a bordo:
-Cada Hábitat Orbital Unitario está bajo una jurisdicción distinta. Todos se encuentran bajo el Convenio Internacional para la Estación Orbital Geosincrónica Periterráquea, pero aparte de lo establecido en el Convenio cada HOU se encuentra bajo las leyes del país de lanzamiento, sea Europa, Estados Unidos o India. Así que tenga en cuenta que, por ejemplo aquí en el Larry Niven, no puede utilizar dispositivos inalámbricos de ningún tipo sin autorización previa. Las armas están prohibidas en todos los HOU.
-Tengo una autorización, señor...
-Secretario Ferdinandi, Agente Bahnberg.
-Le decía que tengo una autorización expresa del Consejo del Convenio para portar armas a bordo, Secretario.
-Llámeme simplemente Ferdinandi, Agente, pero de todos modos deberá depositar sus armas aquí.
Siendo la primera vez, Bahnberg no sabía el terreno que pisaba, así que entregó su pistola reglamentaria, su navaja suiza y su cortador láser.
-La herramienta multiuso la puede conservar, Agente Bahnberg, en los HOU europeos no se la considera un arma.
-¿Y cómo realizaré mi trabajo? Le recuerdo que se trata de una investigación de asesinato. Un hombre ha muerto aquí arriba, lo que quiere decir que hay un asesino, y que puede matar otra vez.
-Tenga, estas son las armas autorizadas en la EOGP. No suponen riesgo para el casco ni la ventana, en sus usos normales.
Ferdinandi entregó un maletín a Bahnberg y, sin pausa, caminó hacia los camarotes, sin dar a Bahnberg tiempo para abrirlo.
-En estos quince HOU se utiliza la hora de Arabia, UTC+3. No creo que tenga que viajar a los demás.
-¿Los satélites de comunicaciones?
-Preferimos llamarlos HOU de campo EM. Son cinco, repartidos a distancias iguales...
-Ya lo sé, Ferdinandi. A distancias iguales sobre la órbita del Aro de manera que entre todos cubren toda la superficie de la Tierra y a la vez pueden verse unos a otros.
-Exacto.
-¿Por qué lo de Campo EM?
-Porque no solamente se utilizan para comunicaciones, Agente Bahnberg. Utilizan la mayor parte del espectro EM: hacen radioastronomía, observaciones meteorológicas...
-Y de espionaje.
Ferdinandi miró con un poco de cara de disgusto a Bahnberg, pero su perfecto entrenamiento condicionado de Secretario no permitió que fuese más que un momento.
-...observaciones de astronomía óptica e infrarroja y coordinadas de Rayos X y Rayos Gamma. Se comunican con la Tierra y entre sí en radio, microondas y láser.
-Bien.
-Le decía que en estos satélites utilizamos la hora de Riyad- Ferdinadi no dejaba escapar su deber -. Le sugeriría que sincronizara su tira de muñeca con ella, sus procesadores lo harán automáticamente. La cena es a las siete, hora local.
-De acuerdo, gracias.
Ferdinandi salió y Bahnberg por fin abrió el maletín de armas, de acero plastificado rojo. Vio una pistola táser, una pistola de aire comprimido, una especie de bolígrafo con altavoz y algo que reconoció como un generador de impulsos electromagnéticos. Además, había un juego de tarjetas llave que seguramente servirían para todas las cerraduras de los sectores. Cogió otra vez la pistola de aire comprimido mientras pedía un té a la autococina del camarote y sonrió.
-¿Qué hago yo con esto?
Hacía tiempo que Europa no lo llamaba para una misión de estas. Subir al Aro. La última vez casi murió allí. O fuera de allí.
Pasó el tercer control: huellas dactilares, calor corporal y huella ocular. Un invento el cacharro ese, algún pirado de la vieja NSA que seguro que venía del MIT combinó el viejo lector de iris y el menos conocido retinógrafo, ambos de finales del siglo XX, en un único aparato bastante sencillo de usar, y prácticamente imposible de engañar.
Prácticamente.
Bahnberg llegó con el maletín al avión, se sentó, oyó sin atención las instrucciones de seguridad y continuó pensando en la última vez que estuvo en el Aro.
En aquel entonces el Aro estaba en aún construcción. Europa, Estados Unidos e India lanzaban una sección cada pocos años, y había que subir en transbordador, los herederos del Challeneger. Cada sección en órbita era un enorme contenedor estanco, básicamente, con unos paneles solares gargantuescos y una gran ventana. Todos tenían algún tipo de jardín frente a la ventana, por la cosa del oxígeno. La ventana siempre apuntaba hacia el exterior del Aro, con lo cual el jardín tenía un ciclo de luz y oscuridad semejante al natural.
Cada contenedor tenía un número, evidentemente, y también un nombre. Nombres de científicos, prácticamente desconocidos todos. Salvo el primero, que llevaba el nombre de un tal Larry Niven. Bahnberg solo sabía que no era un científico sino algún tipo de autor. Cada uno tenía algunos sectores de vivienda y de almacenes, y debía poder ser autónomo. Pero la mayor parte del espacio de cada contenedor, o HOU, como se llamaban oficialmente, tenía un gran espacio para uso diverso. El Larry Niven-1 tenía una planta de potabilización de agua y un gran reservorio. El Turing-9 tenía una planta química capaz de hacer cualquier cosa, con tal de tener los reactivos necesarios. El Chandrasekhar-2 una planta nuclear, y así sucesivamente.
Los primeros quince HOU habían sido lanzados a órbitas bastante cercanas entre sí. En realidad se movían muy poco unos con respecto a otros. Se movían tan poco unos respecto a otros que los obreros habían inventado el baloncesto espacial: tratar de acertar en la escotilla del HOU que estaba en montaje desde la escotilla del anterior, a un kilómetro de distancia. Y se habían hecho bastante buenos en ello. No perdían muchos balones, y no solamente por la red de seguridad que rodeaba siempre un contenedor en construcción.
Los obreros de la construcción siempre eran obreros, ya fuesen albañiles trabajando de sol a sol en destrozar una costa para el turismo, silbando a las tías buenas que pasaban por la calle, o ingenieros aeroespaciales montando estaciones orbitales, bromeando y mirando sin pudor a los oficiales sexualmente compatibles y a las tripulaciones de carga. Trabajaban en turnos cortos, nunca más de tres semanas seguidas y nunca menos de tres semanas de descanso. La descalcificación orbital y la pérdida de equilibrio no perdonaban, y cualificar a un ingeniero aeroespacial como soldador, electricista, fontanero, jardinero, alicatador y astronavegador salía muy caro como para tener que darles una baja permanente.
Bahnberg recordaba la escena cuando llegó y le explicaron las normas de seguridad a bordo:
-Cada Hábitat Orbital Unitario está bajo una jurisdicción distinta. Todos se encuentran bajo el Convenio Internacional para la Estación Orbital Geosincrónica Periterráquea, pero aparte de lo establecido en el Convenio cada HOU se encuentra bajo las leyes del país de lanzamiento, sea Europa, Estados Unidos o India. Así que tenga en cuenta que, por ejemplo aquí en el Larry Niven, no puede utilizar dispositivos inalámbricos de ningún tipo sin autorización previa. Las armas están prohibidas en todos los HOU.
-Tengo una autorización, señor...
-Secretario Ferdinandi, Agente Bahnberg.
-Le decía que tengo una autorización expresa del Consejo del Convenio para portar armas a bordo, Secretario.
-Llámeme simplemente Ferdinandi, Agente, pero de todos modos deberá depositar sus armas aquí.
Siendo la primera vez, Bahnberg no sabía el terreno que pisaba, así que entregó su pistola reglamentaria, su navaja suiza y su cortador láser.
-La herramienta multiuso la puede conservar, Agente Bahnberg, en los HOU europeos no se la considera un arma.
-¿Y cómo realizaré mi trabajo? Le recuerdo que se trata de una investigación de asesinato. Un hombre ha muerto aquí arriba, lo que quiere decir que hay un asesino, y que puede matar otra vez.
-Tenga, estas son las armas autorizadas en la EOGP. No suponen riesgo para el casco ni la ventana, en sus usos normales.
Ferdinandi entregó un maletín a Bahnberg y, sin pausa, caminó hacia los camarotes, sin dar a Bahnberg tiempo para abrirlo.
-En estos quince HOU se utiliza la hora de Arabia, UTC+3. No creo que tenga que viajar a los demás.
-¿Los satélites de comunicaciones?
-Preferimos llamarlos HOU de campo EM. Son cinco, repartidos a distancias iguales...
-Ya lo sé, Ferdinandi. A distancias iguales sobre la órbita del Aro de manera que entre todos cubren toda la superficie de la Tierra y a la vez pueden verse unos a otros.
-Exacto.
-¿Por qué lo de Campo EM?
-Porque no solamente se utilizan para comunicaciones, Agente Bahnberg. Utilizan la mayor parte del espectro EM: hacen radioastronomía, observaciones meteorológicas...
-Y de espionaje.
Ferdinandi miró con un poco de cara de disgusto a Bahnberg, pero su perfecto entrenamiento condicionado de Secretario no permitió que fuese más que un momento.
-...observaciones de astronomía óptica e infrarroja y coordinadas de Rayos X y Rayos Gamma. Se comunican con la Tierra y entre sí en radio, microondas y láser.
-Bien.
-Le decía que en estos satélites utilizamos la hora de Riyad- Ferdinadi no dejaba escapar su deber -. Le sugeriría que sincronizara su tira de muñeca con ella, sus procesadores lo harán automáticamente. La cena es a las siete, hora local.
-De acuerdo, gracias.
Ferdinandi salió y Bahnberg por fin abrió el maletín de armas, de acero plastificado rojo. Vio una pistola táser, una pistola de aire comprimido, una especie de bolígrafo con altavoz y algo que reconoció como un generador de impulsos electromagnéticos. Además, había un juego de tarjetas llave que seguramente servirían para todas las cerraduras de los sectores. Cogió otra vez la pistola de aire comprimido mientras pedía un té a la autococina del camarote y sonrió.
-¿Qué hago yo con esto?
Etiquetas:
agente Bahnberg,
Ciencia Ficción,
el Aro,
rayo de Jensez
sábado, 13 de septiembre de 2008
La noche antes...
La roca se hace perceptible, como llegando lejana, o acercándome lentamente a ella. Atrás queda ya ese mundo perdido de sueños e historias perdidas en los entresijos de mi mente. Se desdibuja hasta no ser más que una amalgama de recuerdos... pero la roca vuelve a estar bajo mi tacto. Bajo tierra, viviendo entre las rocas, la vista ayuda muy poco, el sentido principal es el más extendido en mi tatuado cuerpo: la piel.
Bajo tierra, tanto por tradición como por obligación. Nuestros viejos decían que los dioses nos obligaron a vivir bajo tierra, nos llevaron a un rocoso planeta para vivir así. La guerra contra los Obun no pareció ser de su agrado, pero estoy seguro que si los obligaron a irse, fue porque si no hubiésemos acabado con ellos, ya que no hay mejores guerreros que los de mi pueblo. Pero ahora también es necesidad... llegaron los humanos... corrompieron familias, se aprovecharon de nuestras disputas, y nos dominaron. Pocos somos ya los que quedamos viviendo como dictan las tradiciones.
Hoy es mi primera incursión, vamos a la aldea... a retomar nuestro nombre, empezar nuevamente con la guerra. Ahora ya si estamos preparados, ya los conocemos... ya no nos volverán a engañar, esta vez no.
Me da que escribo tanto en este diario, por el nerviosismo, esto hace décadas que no se hace, quizá siglos... piensan que ya todos somos civilizados, que las viejas tradiciones se perdieron... esos civilizados no entenderían ni el significado de un tatuaje.
Bertle ha estado observando por las noches, parecen no tener apenas defensas... es mi prueba, estaré solo, demostraré que tal guerrero soy. Comentó algo raro, como si la gente estuviese especialmente nerviosa, como si presintiesen algo de lo que va a pasar...
ταχυόνιον
-Bien. ¿Qué tenemos?
-Hemos encontrado la solución al Problema de Jensez.
-Explíquese.
-Hace unos diez años Jensez, de la Universidad Gubernativa de Roma, publicó un resultado muy extraño y completamente inexplicable, pero ampliamente confirmado desde entonces. Un rayo de luz extremadamente colimado...
-¿Un qué?
-Un láser, general.
-Bien, continúe.
-Jensez publicó que un tipo de laser, lo que hoy llamamos un rayo de Jensez, un láser perfecto en el vacío, perdía energía.
-Todas nuestras armas pierden energía. De hecho, todos los sistemas pierden energía. Por eso hemos de refrigerarlos.
-No nos referimos a eso. No se trata de que un rayo de Jensez produzca calor. Se trata de que en un rayo de Jensez la energía simplemente desaparece.
-Eso es imposible.
-Es un hecho comprobado, general. Ocurre. Cuanto más perfecto es el rayo...
Castaño suspiró. Nunca supo por qué, con lo bien que podía estar trabajando para el sector civil, se metió en los programas científicos militares.
-¿Sí?
-Cuanto más perfecto es el rayo, más energía desaparece. Y como usted dice, con la Física que conocemos, eso es imposible, pero ocurre.
-Y dice que lo ha resuelto.
-Sí. Mis colegas han confirmado mis cálculos.
-¿Qus sus colegas qué? ¿Ha enviado a científicos civiles información no publicada?
-Por supuesto, general. No se trata de los planos de un arma, y no me podía fiar de los resultados sin comprobarlos.
El General Delaïnde suspiró. Nunca supo por qué, con lo bien que podía estar en una unidad de intervención, se metió a tratar de controlar a los científicos militares.
-Siga, siga...
-Verá, General. Mis ecuaciones demuestran la posibilidad de que esa energía no desaparezca, en realidad. Que se convierta en taquiones.
-¿Qué?
-Un taquión es una partícula que viaja más rápido que la luz.
-Eso no existe.
-Las ecuaciones de Einstein las predicen desde hace más de doscientos años. Ya fueron estudiados a nivel teórico por Sommerfeld, y el nombre se lo dio Feinberg en la década de 1960.
-Supongamos que todo lo que me enseñaron en la escuela y en la Academia está equivocado y que usted tiene razón. Siga.
-Hace tiempo que sabemos que una concentración de energía muy elevada puede dar lugar a pares de partículas. En realidad, una partícula y una antipartícula. De la misma manera que si una partícula se encuentra con su antipartícula ambas desaparecen y se libera una gran cantidad de energía- Castaño hizo un gesto explosivo con las manos -, si concentramos suficiente energía en un punto se puede generar un par. Es la base, por ejemplo, de la radiación de Hawking.
-Bien, siga.
-Pues mis ecuaciones indican que si la energía que se concentra es la de un haz de luz extremadamente preciso, coherente y concentrado, podemos generar una pequeña cantidad de taquiones.
-¿Podemos crear a voluntad partículas más veloces que la luz?- Delaïnde empezaba a pensar en comunicaciones instantáneas y en viajes interestelares a velocidades increíbles. Quizá las películas infantiles como Star Wars Episodio XVIII o Star Trek Herederos fuesen posibles. Batallones combatiendo a la orden, en lugar de tener que planear cualquier ínfimo movimiento con decenas de años de anticipación.
-Sí, General. No podemos saber en qué dirección salen, ni cuando. No podemos interactuar con los taquiones. Para nosotros es como si no existieran. Pero pueden ser la solución al Problema del Rayo de Jensez.
-¿No podemos- cara de abatimiento -hacer nada con ellos?
-No, General.
-¿Entonces para qué viene a molestarme con eso?
-Necesito su permiso para publicarlo.
-Haga lo que le de la gana. Y no vuelva a molestarme. No quiero volver a verle por aquí si no me trae algo con aplicación militar.
Castaño se fue del despacho del General Delaïnde. Ninguno de los dos entendía las obsesiones del otro. Y peor, ninguno de los dos sabía qué pintaba allí.
-Hemos encontrado la solución al Problema de Jensez.
-Explíquese.
-Hace unos diez años Jensez, de la Universidad Gubernativa de Roma, publicó un resultado muy extraño y completamente inexplicable, pero ampliamente confirmado desde entonces. Un rayo de luz extremadamente colimado...
-¿Un qué?
-Un láser, general.
-Bien, continúe.
-Jensez publicó que un tipo de laser, lo que hoy llamamos un rayo de Jensez, un láser perfecto en el vacío, perdía energía.
-Todas nuestras armas pierden energía. De hecho, todos los sistemas pierden energía. Por eso hemos de refrigerarlos.
-No nos referimos a eso. No se trata de que un rayo de Jensez produzca calor. Se trata de que en un rayo de Jensez la energía simplemente desaparece.
-Eso es imposible.
-Es un hecho comprobado, general. Ocurre. Cuanto más perfecto es el rayo...
Castaño suspiró. Nunca supo por qué, con lo bien que podía estar trabajando para el sector civil, se metió en los programas científicos militares.
-¿Sí?
-Cuanto más perfecto es el rayo, más energía desaparece. Y como usted dice, con la Física que conocemos, eso es imposible, pero ocurre.
-Y dice que lo ha resuelto.
-Sí. Mis colegas han confirmado mis cálculos.
-¿Qus sus colegas qué? ¿Ha enviado a científicos civiles información no publicada?
-Por supuesto, general. No se trata de los planos de un arma, y no me podía fiar de los resultados sin comprobarlos.
El General Delaïnde suspiró. Nunca supo por qué, con lo bien que podía estar en una unidad de intervención, se metió a tratar de controlar a los científicos militares.
-Siga, siga...
-Verá, General. Mis ecuaciones demuestran la posibilidad de que esa energía no desaparezca, en realidad. Que se convierta en taquiones.
-¿Qué?
-Un taquión es una partícula que viaja más rápido que la luz.
-Eso no existe.
-Las ecuaciones de Einstein las predicen desde hace más de doscientos años. Ya fueron estudiados a nivel teórico por Sommerfeld, y el nombre se lo dio Feinberg en la década de 1960.
-Supongamos que todo lo que me enseñaron en la escuela y en la Academia está equivocado y que usted tiene razón. Siga.
-Hace tiempo que sabemos que una concentración de energía muy elevada puede dar lugar a pares de partículas. En realidad, una partícula y una antipartícula. De la misma manera que si una partícula se encuentra con su antipartícula ambas desaparecen y se libera una gran cantidad de energía- Castaño hizo un gesto explosivo con las manos -, si concentramos suficiente energía en un punto se puede generar un par. Es la base, por ejemplo, de la radiación de Hawking.
-Bien, siga.
-Pues mis ecuaciones indican que si la energía que se concentra es la de un haz de luz extremadamente preciso, coherente y concentrado, podemos generar una pequeña cantidad de taquiones.
-¿Podemos crear a voluntad partículas más veloces que la luz?- Delaïnde empezaba a pensar en comunicaciones instantáneas y en viajes interestelares a velocidades increíbles. Quizá las películas infantiles como Star Wars Episodio XVIII o Star Trek Herederos fuesen posibles. Batallones combatiendo a la orden, en lugar de tener que planear cualquier ínfimo movimiento con decenas de años de anticipación.
-Sí, General. No podemos saber en qué dirección salen, ni cuando. No podemos interactuar con los taquiones. Para nosotros es como si no existieran. Pero pueden ser la solución al Problema del Rayo de Jensez.
-¿No podemos- cara de abatimiento -hacer nada con ellos?
-No, General.
-¿Entonces para qué viene a molestarme con eso?
-Necesito su permiso para publicarlo.
-Haga lo que le de la gana. Y no vuelva a molestarme. No quiero volver a verle por aquí si no me trae algo con aplicación militar.
Castaño se fue del despacho del General Delaïnde. Ninguno de los dos entendía las obsesiones del otro. Y peor, ninguno de los dos sabía qué pintaba allí.
viernes, 12 de septiembre de 2008
Los medidores Tanawa
Estaban en el Laboratorio 3 del Departamento de Física de la Luz, en las afueras de Roma. Allí, en lo que una vez fue el centro del mundo, estaba teniendo lugar un experimento rutinario: medir la energía transmitida por un haz de luz altamente coherente, eso que en el siglo pasado llamaban láser.
Se trataba de un láser amarillo: una banda lateral π del doblete D del sodio conseguida mediante un desdoblamiento magnético. Nada que no fuera conocido desde el siglo XX. Tanawa y Smith, del Max Planck Instituts für Quantenoptik, habían desarrollado a finales del siglo XXI un método para medir exactamente la energía portada por un haz electromagnético altamente coherente, ya fuera un laser o un maser. Demostraron que era una manera más efectiva de medir la frecuencia exacta de una onda electromagnética, suponiendo que se conocieran bien las constantes físicas, o de medir las constantes, suponiendo que se conocieran bien la energía y la frecuencia.
Jensez le estaba contando el experimento a sus estudiantes de doctorado:
-La luz amarilla que usamos está aproximadamente a 589 nanómetros. Podemos controlar su frecuencia exactamente gracias al efecto Zeeman, controlando el campo magnético. Si no hubiera campo magnético no veríamos esta línea lateral, pero como saben, el valor del campo magnético afecta directamente a la separación de esta línea de la línea principal. Ahora, si me acompañan...
Jensez les mostró el medidor Tanawa: un aro de metal alrededor del haz de luz, midiendo el campo magnético en su interior, en particular la parte magnética del haz electromagnético al que normalmente llamamos luz.
-Pueden observar el medidor Tanawa, un resultado del trabajo de... ¿Carla?
-Tanawa y Smith en 2083, señor Jensez.
-Correcto. El aro mide el campo magnético en su interior. Está hecho de una aleación extremadamente pura de plata y titanio, la plata porque, como saben, es un conductor eléctrico incluso mejor que el cobre, de hecho si no fuera por su precio, los cables se harían de plata en lugar de cobre, y el titanio para evitar... ¿Romano?
-Las corrientes de Foucault, señor Jensez.
-Exacto.
Los estudiantes seguían al profesor como los pollitos a la gallina, con sus batas de laboratorio y sus libretas de apuntes.
-En el aro del Tanawa se crea una corriente eléctrica que medimos con gran precisión, tanto de escala como temporal. Así podemos calcular exactamente el campo electromagnético de ese rayo amarillo, y con ello su energía exacta. Su potencia, en realidad. Así podemos fabricar aparatos médicos que necesitan gran precisión de dosificación, por ejemplo, o medir las pérdidas que se producen en las señales de comunicación láser o en las fibras ópticas gigamétricas. Hemos avanzado mucho desde las fibras monomodo de finales del XX. Ahora alcanzamos pérdidas de menos del uno por mil en mil kilómetros de fibra, y eso necesita medidores de gran precisión.
Jensez miró su reloj.
-Bueno chicos, esto es todo por hoy. Nos vemos mañana en clase de problemas. Recuerden llevar la solución exacta al átomo de helio.
Mientras los alumnos salían, Jensez se dirigió al Laboratorio 4, donde estaba teniendo lugar un experimento muy parecido, pero en condiciones de estricto vacío, para averiguar la influencia de las fluctuaciones cuánticas en la intensidad del haz. Nada particularmente importante, pero digamos que tampoco era un experimento rutinario.
Sin embargo, algo no cuadraba.
A lo largo del haz había cinco medidores Tanawa. Si el vacío no afectaba, todos deberían marcar lo mismo, la energía suministrada al fotoemisor de sodio. Y si afectaba, deberían marcar la dispersión del haz, en frecuencia y dirección. Pero el haz se mantenía perfectamente colimado y, sin embargo, marcaban menos energía.
Llevaban teniendo el mismo problema durante varios años. Al principio era muchísimo menor, y pensaron que se trataba de un problema de colimación del haz. Pero cuando compraron, tras dos años de discusiones presupuestarias con el decano, un colimador mejor, y luego un fotoemisor autocolimante, las cosas empeoraron.
La Física, desde los remotos tiempos de Newton, sabía que la energía no desaparece. Con Einstein y Planck llegaron a entender que la energía y la materia eran lo mismo, y que grandes concentraciones de energía podían dar lugar a la aparición de partículas. Quizá era lo que pasaba en la cámara de vacío. Pero el experimento llevaba años funcionando. Había perdido energía suficiente como para generar una cantidad de partículas medible. Y el vacío seguía siendo perfecto, y los medidores externos seguían sin indicar partículas que escapasen.
Algo imposible estaba ocurriendo: estaba desapareciendo energía. Cuanto más perfecto era el haz, más energía desaparecía.
Se trataba de un láser amarillo: una banda lateral π del doblete D del sodio conseguida mediante un desdoblamiento magnético. Nada que no fuera conocido desde el siglo XX. Tanawa y Smith, del Max Planck Instituts für Quantenoptik, habían desarrollado a finales del siglo XXI un método para medir exactamente la energía portada por un haz electromagnético altamente coherente, ya fuera un laser o un maser. Demostraron que era una manera más efectiva de medir la frecuencia exacta de una onda electromagnética, suponiendo que se conocieran bien las constantes físicas, o de medir las constantes, suponiendo que se conocieran bien la energía y la frecuencia.
Jensez le estaba contando el experimento a sus estudiantes de doctorado:
-La luz amarilla que usamos está aproximadamente a 589 nanómetros. Podemos controlar su frecuencia exactamente gracias al efecto Zeeman, controlando el campo magnético. Si no hubiera campo magnético no veríamos esta línea lateral, pero como saben, el valor del campo magnético afecta directamente a la separación de esta línea de la línea principal. Ahora, si me acompañan...
Jensez les mostró el medidor Tanawa: un aro de metal alrededor del haz de luz, midiendo el campo magnético en su interior, en particular la parte magnética del haz electromagnético al que normalmente llamamos luz.
-Pueden observar el medidor Tanawa, un resultado del trabajo de... ¿Carla?
-Tanawa y Smith en 2083, señor Jensez.
-Correcto. El aro mide el campo magnético en su interior. Está hecho de una aleación extremadamente pura de plata y titanio, la plata porque, como saben, es un conductor eléctrico incluso mejor que el cobre, de hecho si no fuera por su precio, los cables se harían de plata en lugar de cobre, y el titanio para evitar... ¿Romano?
-Las corrientes de Foucault, señor Jensez.
-Exacto.
Los estudiantes seguían al profesor como los pollitos a la gallina, con sus batas de laboratorio y sus libretas de apuntes.
-En el aro del Tanawa se crea una corriente eléctrica que medimos con gran precisión, tanto de escala como temporal. Así podemos calcular exactamente el campo electromagnético de ese rayo amarillo, y con ello su energía exacta. Su potencia, en realidad. Así podemos fabricar aparatos médicos que necesitan gran precisión de dosificación, por ejemplo, o medir las pérdidas que se producen en las señales de comunicación láser o en las fibras ópticas gigamétricas. Hemos avanzado mucho desde las fibras monomodo de finales del XX. Ahora alcanzamos pérdidas de menos del uno por mil en mil kilómetros de fibra, y eso necesita medidores de gran precisión.
Jensez miró su reloj.
-Bueno chicos, esto es todo por hoy. Nos vemos mañana en clase de problemas. Recuerden llevar la solución exacta al átomo de helio.
Mientras los alumnos salían, Jensez se dirigió al Laboratorio 4, donde estaba teniendo lugar un experimento muy parecido, pero en condiciones de estricto vacío, para averiguar la influencia de las fluctuaciones cuánticas en la intensidad del haz. Nada particularmente importante, pero digamos que tampoco era un experimento rutinario.
Sin embargo, algo no cuadraba.
A lo largo del haz había cinco medidores Tanawa. Si el vacío no afectaba, todos deberían marcar lo mismo, la energía suministrada al fotoemisor de sodio. Y si afectaba, deberían marcar la dispersión del haz, en frecuencia y dirección. Pero el haz se mantenía perfectamente colimado y, sin embargo, marcaban menos energía.
Llevaban teniendo el mismo problema durante varios años. Al principio era muchísimo menor, y pensaron que se trataba de un problema de colimación del haz. Pero cuando compraron, tras dos años de discusiones presupuestarias con el decano, un colimador mejor, y luego un fotoemisor autocolimante, las cosas empeoraron.
La Física, desde los remotos tiempos de Newton, sabía que la energía no desaparece. Con Einstein y Planck llegaron a entender que la energía y la materia eran lo mismo, y que grandes concentraciones de energía podían dar lugar a la aparición de partículas. Quizá era lo que pasaba en la cámara de vacío. Pero el experimento llevaba años funcionando. Había perdido energía suficiente como para generar una cantidad de partículas medible. Y el vacío seguía siendo perfecto, y los medidores externos seguían sin indicar partículas que escapasen.
Algo imposible estaba ocurriendo: estaba desapareciendo energía. Cuanto más perfecto era el haz, más energía desaparecía.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)