- ¿Qué te descargas?
- El psicoperfil de mi novia.
- ¿Y eso?
- Imagínate que le pasa algo, yo que sé, un Alzheimer o alguna cosa de esas. Quiero una copia de como es ella ahora, por si se puede utilizar para restaurarla. Ya sabes que dicen que se pueden hacer cerebros nuevos vírgenes con células madre.
- Sí, pero nadie ha dicho que los psicoperfiles se puedan cargar.
- ¿Y si en el futuro se pudiera? No me perdonaría perderla pudiendo recuperarla, mientras que al contrario es sólo espacio en disco ocupado.
- Bueno, pero siempre lo tendrás en la red. ¿Por qué bajártelo?
- Por si acaso. Es lo mismo. A fin de cuentas, desde que tenemos la red, tampoco ha sido nunca buena idea tener las cosas allí. Sabemos que la red es eterna, pero los sitios de la red donde puedes almacenar cosas no lo son. Ella subió su psicoperfil hace unos días, así que quiero asegurarme.
- ¿Y el tuyo?
- Si me pasa algo a mí, no me valdrá de nada tener una copia. Tiene que ser otro el que la tenga, para poder restaurarme a mí. ¿Guardarías tu copia de seguridad en tu propio disco? No sirve de nada.
- Ya...
- Pues eso. Aquí la tengo, más a salvo que en la red.
- Yo creía que los psicoperfiles se usaban para estudiar a la gente, no como copia de seguridad.
- Desde el inicio de la tecnología, cosas como la rueda, el fuego o la electricidad se han usado con fines distintos de aquellos para los que fueron inventados. ¿Por qué no se va a poder usar una herramienta de estudio sociopsicológico como copia de seguridad de una personalidad? ¿Por qué restringirnos?
- ¿Ella qué piensa? Es un asunto ético también. Es su psicoperfil, es personal.
- Hoy consideramos como asunto personal la religión o la orientación sexual, antes eran asuntos públicos. La concepción de lo que es personal cambia.
- Pero la descarga la haces tú, hoy, de ella, hoy.
- Sí, por si el día de mañana le pasa algo.
- ¿Crees que a ella le agradaría volver, en un cuerpo probablemente unos cuantos lustros más viejos, con su personalidad de hoy?
- Mejor que no estar, o que estar desapareciendo poco a poco en la bruma del Alzheimer.
- ¿No es mejor que lo decida ella?
- Ella lo decidirá, si llega el momento.
jueves, 5 de abril de 2012
sábado, 21 de enero de 2012
El racimo de uvas
Una vez un hombre pobre robó un racimo de uvas. Contento, se lo enseñó a su mujer, y quedaron en comérselo como postre de la paupérrima cena. El hombre, contento, sacó una foto del hermoso racimo.
Cuando se lo fueron a comer, las uvas de repente empezaron a secarse y pudrirse, quedando en polvo. El hombre y su mujer comprendieron que aunque fueran pobres no debían vivir de cosas robadas, y colgaron la foto del antes hermoso racimo en la pared para no olvidarlo nunca.
Cuando se lo fueron a comer, las uvas de repente empezaron a secarse y pudrirse, quedando en polvo. El hombre y su mujer comprendieron que aunque fueran pobres no debían vivir de cosas robadas, y colgaron la foto del antes hermoso racimo en la pared para no olvidarlo nunca.
domingo, 10 de octubre de 2010
Espaciopuerto
Las naves de la coalición iban llegando al espaciopuerto, poco a poco, en pequeños grupos que no llamaran la atención de los medidores de campo electromagnético de la Federación.
En aquel momento entraba un crucero raksha, o eso debía ser, por su tamaño, aunque claro, nunca se sabía. Ya era bastante difícil comunicarse con ellos como para pretender conocer su tecnología. Las cosas básicas eran las mismas, evidentemente: la física no cambia porque no seas humano. Pero entrar a una de sus salas de máquinas era como poner al contramaestre del San Juan Nemopuceno en una nave moderna. O algo así, porque el Jefe de Mecánicos Nakashita González nunca había entrado en una nave raksha, ni sabía de nadie que lo hubiera hecho, pero una vez tuvo que reparar un simple regulador de gases y tardó varias horas simplemente en entender qué es lo que tenía delante.
Los estrategas y los Jefes de Ala comentaban lo difícil que había sido ponerse de acuerdo con ellos para la batalla de la cola del cometa Kater. Y no por falta de buena voluntad, sino simplemente porque no hablaban como nosotros, ni veían en nuestro mismo rango del espectro. Lo más que habíamos conseguido averiguar era que su lenguaje se basaba simultáneamente en pequeños chasquidos eléctricos y cambios de calor corporal, y eso gracias a que tras una batalla en tierra se pudo diseccionar a uno de ellos, y se descubrió que tenía un sistema detector de electricidad como el de los tiburones. Aquella gente no recogía a sus muertos del campo de batalla: se limitaban a cortar una parte del cuerpo de sus caídos que parecían ser las gónadas y recoger las pilas de energía de las armas, dejando el resto pudrirse.
Pero las necesidades de la guerra eran lo primero, y se consiguió comunicarse con ellos a nivel estratégico: se pudo adaptar un holoproyector para que dibujara las estrellas en el aire, en tres dimensiones, no sólo como puntos de luz blanca sino también infrarrojos. Entendieron rápidamente lo que los estrategas les querían enseñar: aquello era un plano del sistema y sus vecinos. Los rakshas que habían desembarcado hicieron ademán de girar el apéndice principal, lo que llamaríamos cabeza, para ver el mapa desde una perspectiva más familiar, y los ingenieros hicieron girar todo el mapa en el aire, en sentido contrario. No se tardó mucho más en entender la orientación de su sistema de coordenadas.
Los ingenieros hicieron entonces aparecer el cometa Kater en el mapa, moviéndose a una velocidad sensible, como una marca más fría pero aún brillante en el infrarrojo, y marcando también su estela. Quizá así podríamos comunicarnos con ellos en lo que respectaba a los tiempos.
Uno de ellos tocó con un dedo, que sería el nombre más adecuado, tres estrellas del mapa. Nadie entendía, hasta que el cabo Philippe le dijo al ingeniero que dibujara en el holoproyector el triángulo creado por aquellas tres estrellas. Al hacerlo se vio que el cometa atravesaba aquel triángulo, y se dio marcha atrás en el tiempo del holoproyector hasta que el cometa estuvo en aquél mismo plano.
- ¿Cuándo será eso?
- Dentro de dos días y seis horas estándar
- Bien, dibuje nuestros escuadrones y los de la Federación en una maniobra de campaña clásica en la cola del cometa. Bien. Ahora dibuje los escuadrones rakshas sueltos por ahí.
Uno de los estrategas rakshas pareció entender el dibujo, e hizo ademán de mover con su dedo sus escuadrones como quien mueve una ficha de parchís. El ingeniero hizo que el puntito azul siguiera el dedo del raksha hasta que lo dejó quieto.
- ¡Es una maniobra de flanqueo! Ponga el resto de sus escuadrones para completar la maniobra, y saque un grupo de cazas nuestros para cubrir el punto ciego.
El ingeniero cumplió lo que se le pedía. Los rakshas sugirieron algunas posiciones adicionales, y dos días después las fuerzas de la Federación fueron sorprendidas por dos grupos de combate humanos y un enjambre de naves rakshas. Cada grupo iba por su cuenta, sin que pudieran cubrirse mutuamente, como haría cualquier grupo de pilotos de caza, y a pesar de que casi doblaban la potencia de fuego del convoy de la Federación estuvieron cerca de perder. Las bajas fueron importantes en ambos grupos de combate, pero las naves de la Federación fueron completamente destruidas.
Poco a poco se fueron mejorando las técnicas de comunicación militar con los rakshas, y se les entregó un holoproyector enlazado por radio con el de la mesa de estrategia, para que pudieran seguir las reuniones a distancia. Se notaba que no les gustaba estar en la base, probablemente había demasiado ruido térmico. Nunca sabremos cómo fue posible su primer desembarco pacífico en la base, sin que nadie disparara. Fue simplemente una de esas cosas que simplemente ocurren: una nave raksha apareció en las pantallas, se acercó ni demasiado rápido ni demasiado lentamente, entro al espaciopuerto, se orientó, atracó mediante sus propias pinzas magnéticas y tres rakshas en sus escafandras aparecieron en el ascensor, todo ello sin que a nadie le entrara la locura de disparar. Cruzaron la puerta neumática y entraron a la cubierta habitada, y fueron conducidos a la sala de estrategia. No se consiguió nada, pero el primer contacto estaba hecho.
A partir de aquel momento naves rakshas empezaron a aparecer en los combates contra la Federación, y soldados rakshas en los asaltos de tierra. Y hubo muertos propios por las armas de los rakshas, probablemente porque los marines de la Federación y los soldados nuestros les parecían todos iguales. Pero se logró la Alianza.
Y ahora, un crucero raksha estaba entrando en el espaciopuerto, en aquella base secreta en la que se habían dado cita las flotas raksha y nuestra, para el ataque definitivo contra la Armada Federal.
Tan importante como aprender a comunicarse había sido, antes, vencer el miedo a aquellos primeros rakshas que fueron a la mesa de estrategia.
En aquel momento entraba un crucero raksha, o eso debía ser, por su tamaño, aunque claro, nunca se sabía. Ya era bastante difícil comunicarse con ellos como para pretender conocer su tecnología. Las cosas básicas eran las mismas, evidentemente: la física no cambia porque no seas humano. Pero entrar a una de sus salas de máquinas era como poner al contramaestre del San Juan Nemopuceno en una nave moderna. O algo así, porque el Jefe de Mecánicos Nakashita González nunca había entrado en una nave raksha, ni sabía de nadie que lo hubiera hecho, pero una vez tuvo que reparar un simple regulador de gases y tardó varias horas simplemente en entender qué es lo que tenía delante.
Los estrategas y los Jefes de Ala comentaban lo difícil que había sido ponerse de acuerdo con ellos para la batalla de la cola del cometa Kater. Y no por falta de buena voluntad, sino simplemente porque no hablaban como nosotros, ni veían en nuestro mismo rango del espectro. Lo más que habíamos conseguido averiguar era que su lenguaje se basaba simultáneamente en pequeños chasquidos eléctricos y cambios de calor corporal, y eso gracias a que tras una batalla en tierra se pudo diseccionar a uno de ellos, y se descubrió que tenía un sistema detector de electricidad como el de los tiburones. Aquella gente no recogía a sus muertos del campo de batalla: se limitaban a cortar una parte del cuerpo de sus caídos que parecían ser las gónadas y recoger las pilas de energía de las armas, dejando el resto pudrirse.
Pero las necesidades de la guerra eran lo primero, y se consiguió comunicarse con ellos a nivel estratégico: se pudo adaptar un holoproyector para que dibujara las estrellas en el aire, en tres dimensiones, no sólo como puntos de luz blanca sino también infrarrojos. Entendieron rápidamente lo que los estrategas les querían enseñar: aquello era un plano del sistema y sus vecinos. Los rakshas que habían desembarcado hicieron ademán de girar el apéndice principal, lo que llamaríamos cabeza, para ver el mapa desde una perspectiva más familiar, y los ingenieros hicieron girar todo el mapa en el aire, en sentido contrario. No se tardó mucho más en entender la orientación de su sistema de coordenadas.
Los ingenieros hicieron entonces aparecer el cometa Kater en el mapa, moviéndose a una velocidad sensible, como una marca más fría pero aún brillante en el infrarrojo, y marcando también su estela. Quizá así podríamos comunicarnos con ellos en lo que respectaba a los tiempos.
Uno de ellos tocó con un dedo, que sería el nombre más adecuado, tres estrellas del mapa. Nadie entendía, hasta que el cabo Philippe le dijo al ingeniero que dibujara en el holoproyector el triángulo creado por aquellas tres estrellas. Al hacerlo se vio que el cometa atravesaba aquel triángulo, y se dio marcha atrás en el tiempo del holoproyector hasta que el cometa estuvo en aquél mismo plano.
- ¿Cuándo será eso?
- Dentro de dos días y seis horas estándar
- Bien, dibuje nuestros escuadrones y los de la Federación en una maniobra de campaña clásica en la cola del cometa. Bien. Ahora dibuje los escuadrones rakshas sueltos por ahí.
Uno de los estrategas rakshas pareció entender el dibujo, e hizo ademán de mover con su dedo sus escuadrones como quien mueve una ficha de parchís. El ingeniero hizo que el puntito azul siguiera el dedo del raksha hasta que lo dejó quieto.
- ¡Es una maniobra de flanqueo! Ponga el resto de sus escuadrones para completar la maniobra, y saque un grupo de cazas nuestros para cubrir el punto ciego.
El ingeniero cumplió lo que se le pedía. Los rakshas sugirieron algunas posiciones adicionales, y dos días después las fuerzas de la Federación fueron sorprendidas por dos grupos de combate humanos y un enjambre de naves rakshas. Cada grupo iba por su cuenta, sin que pudieran cubrirse mutuamente, como haría cualquier grupo de pilotos de caza, y a pesar de que casi doblaban la potencia de fuego del convoy de la Federación estuvieron cerca de perder. Las bajas fueron importantes en ambos grupos de combate, pero las naves de la Federación fueron completamente destruidas.
Poco a poco se fueron mejorando las técnicas de comunicación militar con los rakshas, y se les entregó un holoproyector enlazado por radio con el de la mesa de estrategia, para que pudieran seguir las reuniones a distancia. Se notaba que no les gustaba estar en la base, probablemente había demasiado ruido térmico. Nunca sabremos cómo fue posible su primer desembarco pacífico en la base, sin que nadie disparara. Fue simplemente una de esas cosas que simplemente ocurren: una nave raksha apareció en las pantallas, se acercó ni demasiado rápido ni demasiado lentamente, entro al espaciopuerto, se orientó, atracó mediante sus propias pinzas magnéticas y tres rakshas en sus escafandras aparecieron en el ascensor, todo ello sin que a nadie le entrara la locura de disparar. Cruzaron la puerta neumática y entraron a la cubierta habitada, y fueron conducidos a la sala de estrategia. No se consiguió nada, pero el primer contacto estaba hecho.
A partir de aquel momento naves rakshas empezaron a aparecer en los combates contra la Federación, y soldados rakshas en los asaltos de tierra. Y hubo muertos propios por las armas de los rakshas, probablemente porque los marines de la Federación y los soldados nuestros les parecían todos iguales. Pero se logró la Alianza.
Y ahora, un crucero raksha estaba entrando en el espaciopuerto, en aquella base secreta en la que se habían dado cita las flotas raksha y nuestra, para el ataque definitivo contra la Armada Federal.
Tan importante como aprender a comunicarse había sido, antes, vencer el miedo a aquellos primeros rakshas que fueron a la mesa de estrategia.
lunes, 29 de marzo de 2010
Al otro lado
Sí, los hay. Hay otros mundos. Muchos, pero no es cuestión ahora de nombrarlos todos. Solamente voy a referirme a uno, en estas pocas horas de vida que me quedan. Uno en particular, el más cercano a nosotros.
Sí, es realmente cercano. A él se puede viajar. De hecho, todos vamos. Una vez. Y no volvemos.
Al menos la mayoría no vuelve. Algunos sí. El velo que separa ese otro mundo, ese que muchas veces llamamos el Otro Mundo por antonomasia, es fino, y débil, y fácil de rasgar. Una acumulación de sentimientos poderosos basta para ello, y no solamente nosotros tenemos sentimientos. Ellos, los que ya viajaron al otro lado, también. Su ira, su rabia, su dolor o su amor pueden rasgar el velo igual que nosotros. La diferencia principal entre nosotros y ellos es que el sentido del último viaje, y de todo en general, es de aquí hacia allí. Ellos normalmente nos ven, aunque de una forma distorsionada por el velo, pero nosotros a ellos normalmente no. Y cuando lo hacemos, los llamamos fantasmas.
Siempre se ha sabido que existen, aunque la ciencia no lo acepte. Los espíritus de los que morimos aquí pasan al otro lado. En realidad, los espíritus de todo lo que muere o desaparece aquí pasan al otro lado. Lo sé, porque lo he visto.
Morir no es la única manera de viajar allí. Hay hechizos y encantamientos que te lo permiten, aunque tu vista viva no será allí tan eficaz como lo será tras el Último Viaje. Pero se puede ir, y hablar con ellos, igual que podemos convocarlos a este lado para hacerlo. E igual que ellos se sienten perdidos al llegar aquí, forzados, y sus respuestas suelen ser crípticas, nos vemos perdidos nosotros al otro lado. No puedo describir lo que se ve, pero lo recuerdo. Hay cosas que me aterrorizan, y todas estuvieron aquí antes. Pero también he visto que allí me espera ella. No voy a esperar que se cumpla mi tiempo aquí. Allí el tiempo es distinto, sé que a ella no le parecen años lo que me tiene que esperar aún, pero a mí aquí sí me lo parecen.
Ah, siento la morfina haciendo sus efectos en mis órganos. Pronto estaré al otro lado. Mientras tanto, permíteme contarte cómo hice el viaje, ya que no sabría contarte lo que vi allí.
Todo empezó al mes y unos días de morir ella. Yo sentía que ella seguía conmigo. ¿Quién no siente eso, junto a un vacío enorme, cuando muere un ser querido? Pero noté pequeñas cosas. Sus objetos más personales, aquellos que le suponían sentimientos profundos cuando estaba aquí, como el broche de su abuela, o la esclava que le regaló su madre, aparecían a veces ligeramente movidos de sitio. Una noche, vi lo que pasaba: se movían solos, justo cuando más intensamente yo sentí su presencia en nuestra ahora vacía alcoba.
Más tarde supe lo que pasaba: ella trataba con todo su ser de recuperar sus preciados objetos, y la enorme fuerza que ella hacía para coger la imagen espectral de esas cosas allá en el otro lado causaba, por el enlace que hay siempre entre cualquier cosa y su imagen espectral, que el objeto se moviera aquí.
Empecé a investigar.
Todos me tomaban por loco cuando lo comentaba, hasta que llegué a aquella biblioteca. La vieja que prestaba los libros me escuchó, y por primera vez no me dio la impresión de que me tomaban por loco.
Y me llevó a aquel libro.
Allí explicaba lo que es el otro mundo en realidad: es parte del nuestro, la parte que se encuentra al otro lado de esa cortina que llamamos muerte, una cortina que solamente se puede atravesar en una dirección, pero por la que a veces te puedes asomar de un lado al otro si usas un ancla poderosa al otro lado, y la mejor son los sentimientos.
Tras un año de preparación para lo que podríamos llamar un viaje astral, aunque fue al otro lado del velo y no a éste, la vi de nuevo, a través del velo que había en mis ojos.
Ya mi entendimiento falla, por la morfina, pero no es por eso por lo que no puedo explicar lo que vi durante el viaje. Había cosas que me horrorizaron tras el velo, y antes estuvieron aquí. No había esquinas, pero tras cada esquina esperaba una sorpresa, y sentí los mayores miedos y las mayores alegrías. No puedo explicar lo que sucedió, ni cómo, pero la vi, allá, al otro lado, y entendí que me esperaba. Sé que el tiempo no pasa para ella como para mí, a ella no le parecen infinitos años los que me quedan de vida, pero a mí sí, y no quiero esperar tanto para volver a estar con ella.
La morfina está haciendo su efecto. Pronto me dormiré, y volveré a verla, ya sin velo en mis ojos. Tú, amigo mío, aprovecha estas torpes líneas para vivir más a fondo lo que te queda en este mundo, porque del otro no hay vuelta atrás permanente.
Sí, es realmente cercano. A él se puede viajar. De hecho, todos vamos. Una vez. Y no volvemos.
Al menos la mayoría no vuelve. Algunos sí. El velo que separa ese otro mundo, ese que muchas veces llamamos el Otro Mundo por antonomasia, es fino, y débil, y fácil de rasgar. Una acumulación de sentimientos poderosos basta para ello, y no solamente nosotros tenemos sentimientos. Ellos, los que ya viajaron al otro lado, también. Su ira, su rabia, su dolor o su amor pueden rasgar el velo igual que nosotros. La diferencia principal entre nosotros y ellos es que el sentido del último viaje, y de todo en general, es de aquí hacia allí. Ellos normalmente nos ven, aunque de una forma distorsionada por el velo, pero nosotros a ellos normalmente no. Y cuando lo hacemos, los llamamos fantasmas.
Siempre se ha sabido que existen, aunque la ciencia no lo acepte. Los espíritus de los que morimos aquí pasan al otro lado. En realidad, los espíritus de todo lo que muere o desaparece aquí pasan al otro lado. Lo sé, porque lo he visto.
Morir no es la única manera de viajar allí. Hay hechizos y encantamientos que te lo permiten, aunque tu vista viva no será allí tan eficaz como lo será tras el Último Viaje. Pero se puede ir, y hablar con ellos, igual que podemos convocarlos a este lado para hacerlo. E igual que ellos se sienten perdidos al llegar aquí, forzados, y sus respuestas suelen ser crípticas, nos vemos perdidos nosotros al otro lado. No puedo describir lo que se ve, pero lo recuerdo. Hay cosas que me aterrorizan, y todas estuvieron aquí antes. Pero también he visto que allí me espera ella. No voy a esperar que se cumpla mi tiempo aquí. Allí el tiempo es distinto, sé que a ella no le parecen años lo que me tiene que esperar aún, pero a mí aquí sí me lo parecen.
Ah, siento la morfina haciendo sus efectos en mis órganos. Pronto estaré al otro lado. Mientras tanto, permíteme contarte cómo hice el viaje, ya que no sabría contarte lo que vi allí.
Todo empezó al mes y unos días de morir ella. Yo sentía que ella seguía conmigo. ¿Quién no siente eso, junto a un vacío enorme, cuando muere un ser querido? Pero noté pequeñas cosas. Sus objetos más personales, aquellos que le suponían sentimientos profundos cuando estaba aquí, como el broche de su abuela, o la esclava que le regaló su madre, aparecían a veces ligeramente movidos de sitio. Una noche, vi lo que pasaba: se movían solos, justo cuando más intensamente yo sentí su presencia en nuestra ahora vacía alcoba.
Más tarde supe lo que pasaba: ella trataba con todo su ser de recuperar sus preciados objetos, y la enorme fuerza que ella hacía para coger la imagen espectral de esas cosas allá en el otro lado causaba, por el enlace que hay siempre entre cualquier cosa y su imagen espectral, que el objeto se moviera aquí.
Empecé a investigar.
Todos me tomaban por loco cuando lo comentaba, hasta que llegué a aquella biblioteca. La vieja que prestaba los libros me escuchó, y por primera vez no me dio la impresión de que me tomaban por loco.
Y me llevó a aquel libro.
Allí explicaba lo que es el otro mundo en realidad: es parte del nuestro, la parte que se encuentra al otro lado de esa cortina que llamamos muerte, una cortina que solamente se puede atravesar en una dirección, pero por la que a veces te puedes asomar de un lado al otro si usas un ancla poderosa al otro lado, y la mejor son los sentimientos.
Tras un año de preparación para lo que podríamos llamar un viaje astral, aunque fue al otro lado del velo y no a éste, la vi de nuevo, a través del velo que había en mis ojos.
Ya mi entendimiento falla, por la morfina, pero no es por eso por lo que no puedo explicar lo que vi durante el viaje. Había cosas que me horrorizaron tras el velo, y antes estuvieron aquí. No había esquinas, pero tras cada esquina esperaba una sorpresa, y sentí los mayores miedos y las mayores alegrías. No puedo explicar lo que sucedió, ni cómo, pero la vi, allá, al otro lado, y entendí que me esperaba. Sé que el tiempo no pasa para ella como para mí, a ella no le parecen infinitos años los que me quedan de vida, pero a mí sí, y no quiero esperar tanto para volver a estar con ella.
La morfina está haciendo su efecto. Pronto me dormiré, y volveré a verla, ya sin velo en mis ojos. Tú, amigo mío, aprovecha estas torpes líneas para vivir más a fondo lo que te queda en este mundo, porque del otro no hay vuelta atrás permanente.
jueves, 31 de diciembre de 2009
De peluche
Juanín tenía miedo. El osito de peluche no dejaba de mirarle. Tenía una mirada profunda y penetrante.
Alguna vez había tratado de decírselo a su madre, pero ella no entendía. Los mayores nunca entienden. ¿Cómo va a mirarte mal si es de peluche?, decía. Pero el osito miraba.
¿Se ha movido? Sí, se ha movido. Lo vio por el rabillo del ojo.
Juanín fue corriendo con su madre. Ella, como siempre, no le creyó. Total, el oso era de peluche.
A la mañana siguiente Juanín no estaba en su cama. Los padres, al principio solos y después entre policías, no repararon en que el osito de peluche tampoco estaba en la habitación.
Alguna vez había tratado de decírselo a su madre, pero ella no entendía. Los mayores nunca entienden. ¿Cómo va a mirarte mal si es de peluche?, decía. Pero el osito miraba.
¿Se ha movido? Sí, se ha movido. Lo vio por el rabillo del ojo.
Juanín fue corriendo con su madre. Ella, como siempre, no le creyó. Total, el oso era de peluche.
A la mañana siguiente Juanín no estaba en su cama. Los padres, al principio solos y después entre policías, no repararon en que el osito de peluche tampoco estaba en la habitación.
viernes, 11 de diciembre de 2009
Campo de batalla: tu cerebro
Juan se acercó a la oficina de su jefe: iban a ascenderlo. No importaba ahora cómo ni porqué, solamente que como Manejador de Nivel 6 dispondría de plaza de aparcamiento, vacaciones pagadas, seguro dental, disruptor de publicidad y, lo más importante, la llave del lavabo de ejecutivos.
Llegó a la puerta, miró el reloj (Mr. Smith era amante de la puntualidad exacta), se arregló la corbata y tocó en la puerta. Una sonriente secretaria de rasgos orientales le abrió y le invitó a pasar al adornado despacho: parecía el de un ejecutivo yuppie ochentero al que le gustaran los viajes: máscaras africanas, una montera de torero, muñecas de vudú... y por supuesto, una moqueta adecuada para jugar al golf de oficina. Al fondo, la mesa: una lámina ovalada de cristal sostenida a un solo lado por un pie en forma de delfín, de manera que parecía que el escritorio era la superficie tranquila del agua y el delfín sacaba la cabeza de ella.
- Juan, bienvenido. Yo soy contento de tener usted aquí. Los informes me dicen que usted has mejorado nuestros resultados en cinco porciento ¿sí?
- Sí, señor.
- Explícame cómo lo has hecho usted?
- Me he dado cuenta de que estábamos transmitiendo publicidad a grandes masas de la población que no la iban a aprovechar. Por poner un ejemplo sencillo, transmitíamos publicidad de muñecas a niños de diez años. Diseñé un sistema por el cual ahora transmitimos la publicidad solamente a los objetivos adecuados. Como transmitimos a menos objetivos, cobramos menos impactos a los anunciantes, muchos menos, pero como el porcentaje de objetivos que compran asciende podemos cobrar los impactos más caros. En conjunto, cobramos un 16% menos.
- No acabo de entender lo.
La cara de Mr. Smith ya no era acogedora. Juan tragó saliva.
- La transmisión cerebral consume una gran cantidad de energía, porque hay que focalizar muy exactamente las ondas. Crear recuerdos agradables en el sistema límbico está muy bien en el laboratorio, pero con la gente andando por las calles y moviéndose continuamente seguirlos es muy difícil, y asegurarse de que el campo electromagnético se concentra exactamente en los puntos adecuados del cerebro de tantísimas personas sin provocarles daños cerebrales por afectar a otras zonas cuesta enormes cantidades de poder de cómputo, que se traduce en dinero, y de electricidad para los transmisores, que también es dinero.
- Sí.
- Como ahora seguimos a menos personas a la vez, y transmitimos a menos personas, ambas necesidades se reducen. Aunque la computación cuántica haga posibles cálculos que antes hubieran llevado milenios, sigue siendo cara, pero con este método reducimos nuestras necesidades de cálculo en aproximadamente un 50%. Hemos podido suspender el alquiler de la tercera parte de los ordenadores que IQM nos cobraba. Y en cuanto a los transmisores, ahora van más suaves, y consumen menos energía, con lo que estamos ahorrando un 30% de costes de electricidad y a la vez hemos conseguido incluso una mejora de la señal. Cobramos menos, pero gastamos mucho menos, por eso ganamos más.
- Ok, ahora yo lo entiendo. Bien, tenga el llave del baño. Te darán lo demás a usted en Recursos Humanos.
- Gracias, Mr. Smith.
Juan bajó a Recursos Humanos a por su plaza de aparcamiento y lo demás. Entre otras cosas, su disruptor de publicidad. Con él ya no desearía las cosas que la corporación hacía desear a todos los consumidores.
Tres meses después, se dio cuenta. Sus deseos siempre habían estado guiados. Ahora sabía que todo lo que pensaba que deseaba era publicidad. Y que no sabía desear por si mismo: treinta años transmitido le habían borrado su capacidad autónoma. No podía querer cosas, más allá de los condicionamientos de la supervivencia.
Se suicidó.
Llegó a la puerta, miró el reloj (Mr. Smith era amante de la puntualidad exacta), se arregló la corbata y tocó en la puerta. Una sonriente secretaria de rasgos orientales le abrió y le invitó a pasar al adornado despacho: parecía el de un ejecutivo yuppie ochentero al que le gustaran los viajes: máscaras africanas, una montera de torero, muñecas de vudú... y por supuesto, una moqueta adecuada para jugar al golf de oficina. Al fondo, la mesa: una lámina ovalada de cristal sostenida a un solo lado por un pie en forma de delfín, de manera que parecía que el escritorio era la superficie tranquila del agua y el delfín sacaba la cabeza de ella.
- Juan, bienvenido. Yo soy contento de tener usted aquí. Los informes me dicen que usted has mejorado nuestros resultados en cinco porciento ¿sí?
- Sí, señor.
- Explícame cómo lo has hecho usted?
- Me he dado cuenta de que estábamos transmitiendo publicidad a grandes masas de la población que no la iban a aprovechar. Por poner un ejemplo sencillo, transmitíamos publicidad de muñecas a niños de diez años. Diseñé un sistema por el cual ahora transmitimos la publicidad solamente a los objetivos adecuados. Como transmitimos a menos objetivos, cobramos menos impactos a los anunciantes, muchos menos, pero como el porcentaje de objetivos que compran asciende podemos cobrar los impactos más caros. En conjunto, cobramos un 16% menos.
- No acabo de entender lo.
La cara de Mr. Smith ya no era acogedora. Juan tragó saliva.
- La transmisión cerebral consume una gran cantidad de energía, porque hay que focalizar muy exactamente las ondas. Crear recuerdos agradables en el sistema límbico está muy bien en el laboratorio, pero con la gente andando por las calles y moviéndose continuamente seguirlos es muy difícil, y asegurarse de que el campo electromagnético se concentra exactamente en los puntos adecuados del cerebro de tantísimas personas sin provocarles daños cerebrales por afectar a otras zonas cuesta enormes cantidades de poder de cómputo, que se traduce en dinero, y de electricidad para los transmisores, que también es dinero.
- Sí.
- Como ahora seguimos a menos personas a la vez, y transmitimos a menos personas, ambas necesidades se reducen. Aunque la computación cuántica haga posibles cálculos que antes hubieran llevado milenios, sigue siendo cara, pero con este método reducimos nuestras necesidades de cálculo en aproximadamente un 50%. Hemos podido suspender el alquiler de la tercera parte de los ordenadores que IQM nos cobraba. Y en cuanto a los transmisores, ahora van más suaves, y consumen menos energía, con lo que estamos ahorrando un 30% de costes de electricidad y a la vez hemos conseguido incluso una mejora de la señal. Cobramos menos, pero gastamos mucho menos, por eso ganamos más.
- Ok, ahora yo lo entiendo. Bien, tenga el llave del baño. Te darán lo demás a usted en Recursos Humanos.
- Gracias, Mr. Smith.
Juan bajó a Recursos Humanos a por su plaza de aparcamiento y lo demás. Entre otras cosas, su disruptor de publicidad. Con él ya no desearía las cosas que la corporación hacía desear a todos los consumidores.
Tres meses después, se dio cuenta. Sus deseos siempre habían estado guiados. Ahora sabía que todo lo que pensaba que deseaba era publicidad. Y que no sabía desear por si mismo: treinta años transmitido le habían borrado su capacidad autónoma. No podía querer cosas, más allá de los condicionamientos de la supervivencia.
Se suicidó.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Siete maneras de matar a Laura
He de hacerlo. No sé por qué, no me ha hecho nada, no la odio, pero debo matar a Laura. No será difícil. Puedo atropellarla cuando salga del trabajo. Sí, sí, eso es. Atropellarla y darme a la fuga. No, no puede ser. Me cogerán. Siempre hay atasco, y los rollos esos de la pintura del coche y esas cosas me incriminarían. No. No puedo hacer eso, pero debo hacer algo. Debo matarla. Puedo ir a verla y tirarla por la ventana de su propio piso. No, es muy bajo. Insulina, eso es. Puedo comprar insulina e inyectársela, provocarle un bajón de azúcar mortal. Y la insulina la produce el cuerpo, sí, sí, eso es, la mataré con insulina. Pero tengo que comprarla. Y recordarán que la compré. Y no soy diabético. Me cogerán. No, no, eso no me vale. Puedo ir a la barriada y contratar a alguien. No, demasiado sucio, demasiados cabos sueltos. He de hacer algo, tengo que encontrar una solución. Sí, una solución. Algo disuelto. Algo en su bebida. Heroína. Una sobredosis de heroína en su cerveza. Comprarla no será problema, los camellos hablan poco, y hay muchos. Ponerla. Ponérsela. Si voy a su piso alguien me puede ver ir. Y en un bar puede que no tenga la oportunidad. Demasiado complicado. Es una buena idea, pero investigarán quién ha sido y como no es consumidora, la relacionarán conmigo. Me encontrarán. No, eso no me vale. Pero he de matarla. Debe morir. Sí, sí, eso es, puedo apuñalarla en la calle y huir con su bolso. Pensarán que se trata de un atraco. Eso. En la calle de detrás de su casa, sí. La mataré allí, con mis propias manos. ¿Y si me cogen? Si alguien me ve con sangre en la manos estoy listo. No, no. Eso tampoco me vale. Necesito algo ya, y que sea seguro. Quizá... sí, ya lo tengo. Eso es. Asaltarla y violarla en el camino a casa. Violarla salvajemente, con un condón para que no puedan cogerme el ADN, y luego degollarla. No tendrán ninguna prueba contra mí, dejaré allí mismo el cuchillo y la ropa manchada de sangre. No, no, no, maldita sea eso tampoco funcionará, si me araña sin que me de cuenta me cogerán por las uñas. Otra cosa, necesito otra cosa. Sí, sí ya lo tengo, esta es infalible...
La cerradura de la puerta del piso sonó, alguien estaba entrando al apartamento de pareja.
-Hola Luis, ya estoy en casa.
-Hola amor.
-¿Qué haces ahí sentado?
-Nada, simplemente pensando. ¿Te ayudo con la compra?
-Va, ya lo guardo yo, no es nada.
Luis se levantó y se acercó a Laura, y le dió un beso.
-Te quiero.
-Y yo a tí.
-No sé lo que haría si te perdiese.
Algo se había esfumado de su cabeza al ver de nuevo a su querida esposa, pero quizá al día siguiente volvería a ocurrir lo mismo, exactamente igual, y a no tener consecuencias, exactamente igual.
La cerradura de la puerta del piso sonó, alguien estaba entrando al apartamento de pareja.
-Hola Luis, ya estoy en casa.
-Hola amor.
-¿Qué haces ahí sentado?
-Nada, simplemente pensando. ¿Te ayudo con la compra?
-Va, ya lo guardo yo, no es nada.
Luis se levantó y se acercó a Laura, y le dió un beso.
-Te quiero.
-Y yo a tí.
-No sé lo que haría si te perdiese.
Algo se había esfumado de su cabeza al ver de nuevo a su querida esposa, pero quizá al día siguiente volvería a ocurrir lo mismo, exactamente igual, y a no tener consecuencias, exactamente igual.
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